Acto de fe al oeste de Caracas

En el fondo, sin duda alguna, se trató –y así debe ser- de un acto de convicción. De un precioso acto de fe al que nunca debemos renunciar cueste lo que cueste.

Ildegar Gil

Inquieta, por no decir molesta, estaba la señora a quien encontré ocupando el último lugar en una cola de 10 personas. “¿Cuánto tiempo tiene acá?”, le inquirí para pulsar el motivo de su actitud y –al mismo tiempo- ponerme en guardia por lo que podría ser mi espera. “Cinco minutos”, me respondió. Tanto como mucho, no me pareció. Tan poco como poquito, tampoco. Lo importante, en ese momento, es que el objetivo de la curiosidad orquestada, ya estaba saciada.

“Ah, por eso debe ser que se tardó la cola”, me refirió 90 segundos después mientras su mirada me invitaba a dirigir la mía hacia un pelotón de hombres y mujeres que junto a cámaras de televisión, luces y cables, salían del centro electoral Niño Simón, ubicado en la parroquia Sucre, al oeste de Caracas.

“Humm, sí claro”, adicioné para complementar su rígido veredicto. La razón le asistía por toda la calle del medio. Como ha sucedido y como seguramente seguirá ocurriendo, candidatas y candidatos con notoriedad mediática generan, sin querer, cierto tráfico en eventos de esta naturaleza. Es comprensible. Nos guste o no, son la noticia del momento.

“¿Y quién es él”?, me preguntó luego de detectar al grandulón de tez oscura que demandando por una reportera, del canal Venevisión, ralentizaba su ingreso y también el mío. “Mimou Vargas”, le contesté. “¿Y quién es ese”?, repreguntó con sincera cierta dosis de inocencia informativa. “Es uno de los candidatos de este circuito”, asentí también con sutil franqueza. “Ah, ok”, precisó para cerrar el inusitado y breve diálogo que dejó en claro la lección más importante de la histórica jornada dominical: Votar era lo importante, lo más importante más allá de no distinguir físicamente a algún o alguna aspirante a la Asamblea Nacional. En el fondo, sin duda alguna, se trató –y así debe ser- de un acto de convicción. De un precioso acto de fe al que nunca debemos renunciar cueste lo que cueste. 

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