Francisco Tamayo, misionero de la botánica

El autor es historiador, docente y abogado.

Néstor Rivero Pérez
nestor5030@gmail.com

El 18 de febrero de 1985 falleció en Caracas Francisco Tamayo, folclorista, lexicógrafo y por encima de todo adalid en la formación de una conciencia conservacionista en las nuevas generaciones de venezolanos, creando “escuela” en lo concerniente a los métodos para perpetuar especies vegetales en peligro de extinción y prácticas de rescate de suelos erosionados, contribuyendo de este modo a la preservación del patrimonio vegetal del país.

El geohistoriador Omar Hurtado Rayugsen es autor de la biografía más completa, hasta ahora publicada, sobre el eminente educador larense, bajo el título Francisco Tamayo. Vigencia de su Obra. UPEL, 2005, 461 págs).

Su primo Pío
Con 26 años de edad este último, hijo de Sarare (Lara), tendrá participación comprometida en los sucesos antigomecistas de la Semana del Estudiante de 1928, los cuales tuvieron como principal protagonista a su primo Pío Tamayo.

Eludiendo la persecución, Francisco Tamayo se trasladó de Caracas a Mérida; aquí organizó una seccional de la Federación de Estudiantes de Venezuela. Francisco Tamayo, quien alcanzó la edad de 83 años, mantuvo hasta el final un sentido crítico y humanista frente al subdesarrollo del país, construyendo propuestas que dieron vida a un destino de “realizaciones efectivas”. Y ello le condujo al aula y a la botánica.

De Ernst a Pittier
En los albores del siglo XIX el polímata germano Alejandro de Humboldt, estando en Caracas y asistido por el joven traductor Andrés Bello, hizo la primera ascensión conocida a la cima del Guaraira Repano, para confirmar mediciones térmicas y recolectar especímenes vegetales. Sin embargo, será con el arribo de Adolfo Ernst cuando la botánica adquiera continuidad en el país tras la creación del Museo Nacional, contemplando a su vez la formación del Herbario Nacional. De acuerdo a su discípulo Alfredo Jahn, la cátedra de Historia Natural, regentada por Ernst constituyó “manantial inagotable de provechosa enseñanza para la juventud estudiosa de Venezuela y hoy podemos justamente apreciar el empuje fuerte y generoso que el maestro imprimió al movimiento intelectual de su época”.

Otro singular continuador del estudio de la flora nativa fue Henry Pittier, quien, si bien no conoció a Ernst, recogió su legado. Entre los discípulos de Pittier el más destacado, según Hurtado Rayugsen, fue precisamente Francisco Tamayo.

La verdolaga
En escrito de 1982, y con una prosa que trae a la memoria las quejas de la criolla Manzanita delante de especies exóticas, en el relato de Julio Garmendia, Francisco Tamayo ofrece las peripecias de la verdolaga, espécimen callejero que crece irreverente en las hendiduras de los ladrillos, recibiendo las pisadas del transeúnte a orillas de cualquier acera o camino.

En alguna ocasión José Antonio Rodríguez López, uno de los maestros de Tamayo, inició su clase conversando sobre este vegetal, y una voz juvenil le ripostó: “Gran cosa, para lo que sirve esa planta”. Con buen ánimo el émulo de Samuel Robinson continuó disertando: “Es un ser vivo que mediante sus hojas toma energía solar, oxígeno y gas carbónico y por su raíz absorbe agua y tierra.

La verdolaga fabrica azúcar y almidón y produce sustancias que la califican como buen alimento para la gente” (Omar Hurtado Rayugsen, Ibídem). Bella lección que incita a revalorar la flora endógena de nuestros valles, selvas, cordilleras y sabanas.

Jardín Pedagógico
A partir de 1943 y por más de cuatro décadas, Tamayo mantuvo estrecho nexo con el Instituto Pedagógico de Caracas, con su cátedra de Botánica. En dicho centro de estudios organizó una de las más elaboradas experiencias de jardín botánico del país, el Herbario Pedagógico.

Con apoyo de alumnos y exalumnos Tamayo mostró el modo de aprender haciendo, con la siembra y ensanchamiento del memorable herbario.

Sinóptico

1998
Hugo Trejo
Este día fueron inhumados los restos mortales del coronel Hugo Enrique Trejo, jefe del movimiento militar del 1° de enero de 1958, suceso que resultó crucial para la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, el 23 de enero de dicho año.

Dueño de un espíritu recto y generoso, Hugo Trejo ingresó a finales de la cuarta década del siglo XX a la Escuela Militar. Tras una brillante hoja profesional, fue seleccionado a mediados de los años ’50 dentro de un selecto grupo de oficiales, para cursar estudios de Estado Mayor en España.

Entre 1956 y 1957, y luego del regreso de Trejo a Venezuela, este, con suma cautela empieza a tejer una riesgosa conspiración, contactando unidades de la Aviación, lideradas por el mayor Martín Parada. Los complotados insurgen el 1° de enero de 1958. Y no obstante el fracaso táctico, esta acción del 1° de enero, abrió las compuertas para la insurrección cívico-militar del 23 de enero de 1958. Trejo, a quien se le hizo poca justicia en los años siguientes, vivió el resto de sus días con la mayor honradez y consecuencia patriótica.

FOTOLEYENDAS
FOTO 1A
Con la familia.

FOTO 2B
Riesgosa conspiración.

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