Reflexiones sobre industria y ambiente


María Fernanda Velandia

Desde hace algunos años el discurso de la dominación capitalista ha ido incorporando la defensa o protección del ambiente como condición para la preservación de la especie humana. Pero esta defensa del ambiente se fundamenta en algunos preceptos que al final se traducen en mayor ganancia para los capitalistas, como los de eficiencia en la producción y consumo doméstico responsable.

La eficiencia en la producción busca el aprovechamiento máximo de materias primas y energía, reduciendo el desperdicio y el malgasto. Se encuentran normas ISO, avances tecnológicos y técnicos que permiten este beneficio, disminuyendo las pérdidas en los procesos productivos. Pero ¿esta ganancia se traduce en disminución de precios al consumidor o aumento de salarios? No! Es mayor porcentaje de ganancia para el capitalista.

En cuento al consumo  responsable, esgrimiendo el crecimiento desmedido de la población, nos han hecho creer que los responsables del agotamiento de las fuentes de energía, agua o materias primas somos cada uno de nosotros y que disminuyendo el consumo doméstico de energía y agua o separando residuos estamos cumpliendo con nuestra responsabilidad en la protección del ambiente. Juegan con la psique de la clase media vendiéndole “sellos verdes” o bolsas biodegradables.

Estas prácticas al final se traducen en una mayor ganancia para el capitalista y además cumplen con la función de invisibilizar la explotación de los trabajadores y la depredación que corresponde al mantenimiento de políticas guerreristas y modelos de consumo. Las regulaciones y restricciones se dirigen al consumidor final y no al proceso de producción. Mientras el precio de los servicios públicos de acueducto aumenta, la explotación de minerales por las multinacionales en ecosistemas frágiles como páramos, selvas, y glaciares obtiene el visto bueno de instituciones gubernamentales en países como Colombia, Chile y Argentina.

Los estándares de producción-consumo se han construido sobre la base de satisfactores de necesidades impuestos, desvirtuando el valor de uso de los productos del trabajo humano. Progresivamente la definición de los bienes que se consumen no viene dada para la satisfacción de necesidades reales sino por la oferta de mercancías propias de un modelo de consumo construido por el capitalismo para solventar sus crisis de sobreproducción. En otras palabras, no son personas consciente las que deciden que consumir, consumen lo que las empresas deciden producir, como lo quieren producir y al precio que lo quieran vender. Si tienes ingresos mayores incluso puedes sentirte responsable ambientalmente por comprar alimentos y productos “amigables” al ambiente, pero no mucho con el bolsillo.

El valor real del trabajo como dignificador de la existencia humana se ha reemplazado por el trabajo asalariado, alienador y explotador, y el producto a pasado de satisfactor de necesidades a mercancía, fetiche de status social. Asi que la construcción de un nuevo estilo de vida pasa por la necesaria resignificación del trabajo, como generador de bienestar y potenciador de la creatividad, y del consumo, como parte del mismo proceso productivo. La reflexión sobre las formas de opresión y alienación en la producción y debe permitir rupturas con las mismas.

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