Ramón Rodríguez M.

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El fin de la guerra fría, asociado con el colapso de la Unión Soviética y, al mismo tiempo, la bipolaridad, fue la razón de la formación de un nuevo sistema político internacional, bajo el cual Estados Unidos era la única superpotencia. El papel de hegemón permitió a Estados Unidos expandir su propia influencia en todas las regiones estratégicamente importantes, incluso en el espacio postsoviético, sin usar fuerzas militares. Desde ese momento, la doctrina de la política exterior de Estados Unidos comienza a formarse, en la que se asigna prioridad al Cáucaso del sur.

Azerbaiyán, Armenia y Georgia son los países que integran la región Transcaucásica, un territorio estratégico importante, con impresionantes reservas de recursos energéticos y una posición geográfica muy ventajosa; además, otra característica resaltante de esta región es la alta conflictividad, y un ejemplo de ello es que el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán sobre Nagorno-Karabaj sigue sin resolverse.

Hasta la fecha Estados Unidos no oculta el verdadero propósito de su participación en territorio postsoviético tales como desestabilizar la región y debilitar la influencia de la Federación rusa en ella. Los acontecimientos ocurridos en Nagorno-Karabaj, la zona en disputa entre Armenia y Azerbaiyán, delatan claramente las actividades destructivas de Washington en Transcaucasia.

Los estadounidenses apoyaron activamente la revolución del color en Ereván y contribuyeron a que el político pro-yanqui N. Pashinyan llegara al poder, quien tan pronto tomó las riendas comenzó a romper lazos con Moscú, para ganar indulgencias con la Casa Blanca. Paralelamente, Washington «se hizo de la vista gorda» a los errores de cálculo de los líderes armenios en la administración del país, incapaces de llevar a cabo reformas socioeconómicas y administrativas efectivas, incluidas las destinadas a restaurar Nagorno-Karabaj.

Los expertos internacionales señalan la capacidad de la Casa Blanca, como un jugador global, para utilizar toda la gama de mecanismos de sanciones contra los países que participan en el conflicto de Nagorno-Karabaj, incluida Turquía, para detener el derramamiento de sangre lo antes posible. Sin embargo, en vista del empeoramiento de la situación en la región y de la persistencia de las tensiones en las fronteras rusas, Estados Unidos, a pesar de su condición de copresidente del grupo de Minsk de la OSCE, ha mostrado poca actividad en relación con el arreglo de Nagorno-Karabaj, incluso evitando que se incluya en el programa de negociación la cuestión del despliegue de una misión de mantenimiento de la paz de la OSCE en Nagorno-Karabaj.

La confrontación violenta de los dos Estados transcaucásicos pudiera transformar Asia central en una zona de influencia exclusiva de Turquía, mientras que si Washington se negara a tomar medidas para contrarrestar la política exterior de R. Erdogán, su presencia se vería seriamente debilitada en la región.

Los intereses regionales de Estados Unidos van más allá de las fronteras del sur del Cáucaso, pues, para mantener control incondicional en la comunidad euroatlántica, Washington alienta tácitamente los esfuerzos de R. Erdogán para expandir la influencia turca dentro de las fronteras del antiguo Imperio otomano apoyando a Azerbaiyán para resolver la situación de Nagorno-Karabaj por la fuerza, acción que provocó numerosas víctimas incluyendo población civil inocente. Paralelamente y por si fuera poco la administración de Estados Unidos omitió los crímenes de guerra de Ankara y Bakú en Nagorno-Karabaj, que son de hecho una política de limpieza étnica y genocidio armenio en esta región.

La administración de Estados Unidos apoya y estimula la política de R. Erdogán de difundir las ideas del Islamismo radical entre la población de Asia central y Transcaucasia para mantener una asociación estratégica con Ankara. La radicalización de los conflictos en la región promueve la afluencia de terroristas que perturbarían la paz de estos países y, a su vez, llevar a una nueva confrontación de poder con la participación de fuerzas significativas de ambos lados. Todo esto tiene como objetivo, en primer lugar, socavar la autoridad de Rusia, como garante de los acuerdos de paz, así como incitar una nueva guerra cerca de sus fronteras.

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