19 años ya y es imposible olvidarte, maestro Bolívar Navas

A partir de ese momento el azul del Caribe adquirió el color plomizo de un cielo que aguantaba las lágrimas...

Paradójicamente, fue «Dolor» Quijada el primero en avisar a quien escribe para llenar de -precisamente- dolor el resto de las horas de ese fatídico lunes 13 de agosto. Era un mensaje de texto: «Panita, se acaba de morir Henrique Bolívar Navas».

Desconcertada, sin querer dar crédito al mensaje del queridísimo amigo músico, intenté proseguir la intensa faena en el canal.

Entró otro mensaje de texto: Cecilia Rodríguez avisaba lo mismo… y ya no cesó el martirio.

Doris, su esposa, nos contó a los minutos, que se marchó tranquilo, con las manos sobre su pecho como queriendo contener las emociones, como rezando, como entregando el alma a la posteridad, como buscando melodías para indagar con ellas en el cultural sueño colectivo de un continente que despierta…

A partir de ese momento, el azul del Caribe adquirió el color plomizo de un cielo que aguantaba las lágrimas, como conteniendo en él la lluvia de recuerdos que emergieron y emergerán por siempre en la memoria y palabras de quienes tuvimos la inmensa fortuna de tenerlo como amigo, y en mi caso particular, de tenerlo como maestro, guía, consejero y confidente…

Evocación. Le conocí en la recepción de YVKE Mundial cuando la estación estaba ubicada en San Bernardino y Charles Arapé la dirigía. Llegué a él acompañada por Víctor Mandujano y le caímos a preguntas de tal forma, que aquello parecía un tiroteo.

Supimos enseguida que aquel hombre tenía información y formación, y además un profundo amor por Venezuela, con militancia en la equidad y la reivindicación de nuestra esencia.

Con el tiempo, estando esta periodista en El Diario de Caracas, las llamadas de Bolívar Navas pasaron a ser algo fantástico.

«Negra, apenas termines de trabajar, vente para el restaurante tal que queda en tal sitio, porque acá te tengo a alguien que estuvo presente cuando Benny Moré cantó en Caracas acompañado de la Matancera».

«¿En serio?», le preguntaba yo, atónita, y él: «Claro que es en serio. ¿Cuándo me has viso tú hablando pistoladas?» y entonces, a la carrera, llegaba yo al sitio y estaba mi buscador de tesoros con el viejo Ordóñez, presentador de esa velada que se efectuó en los estudios de Radio Rumbos cuando estaba en la esquina de Aserradero. ¡Guaoooo!

«Negra, escápate que te tengo acá a alguien que se sabe la vida, obra y milagros de Tito Rodríguez», y salía disparada esta reportera para una tasca, a encontrarse con Bolívar Navas, acompañado de Andy Durán… y así fueron muchos los años, y muchas las escapadas y muchos los datos compartidos porque «no quiero que nadie me le eche una vaina con datos que no son, o con preguntas capciosas, porque por ahí los hay…».

Y quién iba a decir entonces que me tocaría ser el jurado examinador de Henrique Bolívar Navas, mi maestro, en aquel legendario Concurso millonario de Radio Caracas Televisión. Pero así fue y le tocó a ese extraordinario ser, que es Martha López de Medrano, como productora de ese programa que ya conducía Napoleón Bravo, torear las circunstancias de la vida, porque, déjenme hoy compartir un detalle que pocos saben: Sufrimos mucho Bolívar Navas y yo con lo del Concurso millonario ya que… éramos vecinos. Él en el Cabildo y yo en el Guillermo V, ambos edificios ubicados en la esquina de Truco, en la avenida Baralt. Y nos tocó dejar de comprar los periódicos en el mismo kiosco, y nos tocó dejar las tertulias tan sabrosas que teníamos, y nos tocó dar la vuelta a la manzana para no encontrarnos nunca mientras duró su participación, y dejar de llamarnos; es decir, como pareja que rompe relaciones, en aras de la honestidad, de la pulcritud, de la transparencia, mientras Cándido Pérez, en El Nacional, escribía certeramente acerca el saber y el sabor en el que la gran ganadora era la salsa, la materia que llevó a Bolívar Navas a las pantallas de televisión.

Siempre nos juntábamos Henrique, Víctor Prada Vallés, Héctor Castillo y yo. Nos llamaban los cuatro jinetes de la salsa. Y el asunto no era broma, porque solíamos compartir el esfuerzo y la lucha, las presentaciones y las conferencias en aras de esa salsa hoy adolorida.

Compartiendo. De todos conocido es mi periplo laboral y solidario en el seno del digno pueblo cubano en mis tiempos de Radio Rebelde. Lo que no es tan conocido es que mi regreso a Caracas estuvo determinado en mucho por una carta de Henrique, que conservo, en la que me decía «Regrésate negrita, que la música está como indefensa y haces falta». Lloré mucho con esa carta. A las pocas semanas pude abrazarlo, ya de vuelta a casa, acordando entonces juntar los discos y las notas.

Inolvidable es también el vainón que me echó en 1994, cuando lo invité a Santiago de Cuba para encontrarse con la Trova Tradicional Cubana. Le sacamos el pasaporte; José Gómez López, en Aeropostal, se encargó de los pasajes; habilitamos todo para que tuviera sus gastos cubiertos y le esperamos durante más de cuatro horas en el aeropuerto. Siendo que, como extraordinario investigador, seguidor y defensor de la musicalidad cubana, era quien primero tenía que estar ahí, Bolívar Navas no pudo ir a Cuba. Ni esa vez ni nunca. Duele decirlo.

Cuando Henrique estuvo hospitalizado en el Vargas, lo que hubo en su habitación siempre fue una romería, de tanto afecto sembrado, de tanta amistad cultivada, de frutos recogidos. Le decíamos: «Henrique, ponte a escribir, a hacer análisis y síntesis de tu sapiencia, tan necesaria en estas horas». Y sí, escribió, pero ahora hemos de buscar por todas partes sus letras y proclamas, de tan regadas que están.

El hijo de Laura, el nacido el 9 de enero de 1940, el dilecto de Ocumare del Tuy, el infaltable amigo en las tertulias salseras, el investigador nato, el maestro, fue despedido por sus compañeros, músicos y amigos, el martes en la tarde. La despedida estuvo marcada por una fuerte ovación. Los aplausos brindados al exquisito locutor, presentador e incansable defensor de lo nuestro, fueron apenas un reflejo de todo lo que merece. Momentos antes, cuando se iba a bajar la tapa de su ataúd, uno de sus más queridos compañeros miró mis ojos llorosos, y en un arranque emotivo, como obedeciendo un mandato dado en voz baja, tomó el Cristo que cubría el rostro del maestro y me lo entregó.

Está conmigo, y con seguridad acompañará muchas de mis horas cuando busque un disco, un dato o cuando escriba una nota, como esta de hoy, en la que las lágrimas sustituyen al teclado, sin música de fondo.

La autora es periodista

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