En el año 2000 viajé a La Habana en la comitiva del Presidente en ejercicio, Hugo Chávez Frías. Era la segunda quincena del mes de noviembre y asistiríamos a una cumbre iberoamericana de Presidentes, y además, se iba a inaugurar la plaza Bolívar de la ciudad. En un bulevar hermoso se colocaba la segunda estatua de nuestro libertador, admirado -tanto como a Martí- en Cuba.
Esa tarde, en la plaza donde ya comenzaba el acto protocolar, Fidel Castro y Chávez estaban en la tarima, y yo con mi cámara captando todo cuanto podía. Chávez me pidió acercarme y le dice a Fidel: «Él es Frasso, mi fotógrafo», a lo que el Comandante Castro respondió de manera inmediata: «Yo lo conozco».
Me temblaban las manos cuando escuché esto: «Mira, Frasso, tú sabes que yo soy ateo y recuerdo tu anécdota cuando tu padre te decía que quería, ‘como buen comunista, conocer a La Habana y a Fidel’…». A lo que yo le decía (a mi padre): «Algún día te llevaré y tal vez conozcamos La Habana, papá. No sé si podamos ver a Fidel, a menos que lo encontremos en el Copelia, tomándose un batido de chocolate o caminando por cualquier camino de La Habana».
Y me recordó esto, para decirme: «Aunque tú no lo creas, él está aquí con nosotros, caminando en el infinito y tú estás con Fidel».
Luego nos fuimos al Palacio de la Revolución en la noche, a la cena que le ofreció el Comandante Castro al Gigante Chávez. Me llevé una cámara escondida porque no nos permitían entrar con ella. Cuando trataron de quitármela, Chávez dijo: «Ese es mi fotógrafo». Bastó y sobró para que luego caminara por aquel Palacio de la Revolución como quise.
Al filo de la medianoche, nos despedíamos de Fidel y Chávez, que bajaba hacia la puerta principal para tomar las escaleras del Palacio, y mi amigo Kiko Bautista gritó: «Chávez, hoy es 18 de noviembre y Frasso está cumpliendo 44 años». Y por supuesto, Chávez dijo: «Vamos a cantarle el Cumpleaños Feliz«.
Me coloqué en medio de aquellos dos hombres, Chávez a mi izquierda y Fidel al lado derecho, quien había pedido una torta y empezaron a cantar el Cumpleaños Feliz. Los detuve y les dije: «A mí me cantan el cumpleaños largo».
Fidel y Chávez me cantaban mis 44 años y al bajar las escaleras, alguien me preguntó: «¿Qué se siente después de esto?». Yo dije: «Ya puedo morir tranquilo, después de este cumpleaños, que sonará en mi mente y en mi corazón por una razón eterna».
Terminé esa noche acompañado de Humberto Márquez en «El gato tuerto». Me fui caminando por el malecón con Daniel Ortega y el grupo de venezolanos y allí en ese lugar de «El gato tuerto» vimos llegar a Omara Portuondo a cantar boleros, y César Portillo De la Luz, a tocar un piano.
Esa historia estará siempre en mi alma hasta los últimos días. ¿Cómo estará la resistencia del pueblo cubano a tus 100 años, Fidel? Siempre contigo y con Cuba.
El autor es periodista


