Carta abierta a Adolfo Pérez Esquivel

Premio Nobel de la Paz 1980

República Bolivariana de Venezuela

Mi respetado maestro Adolfo,

Reciba usted, ante todo, el saludo de Paz y Bien que nos ha enseñado a sembrar en un continente que con demasiada frecuencia solo cosecha tempestades. Le escribo como un hijo de Venezuela, un ciudadano de esta América Latina que vive, tal como usted nos enseñó en Oslo, entre la angustia y la Esperanza. Mi nombre es MAURO MANUEL HERRERA MENDOZA, portador de la cédula de identidad V-12843920, y mis palabras no nacen de la distancia académica ni de la curiosidad intelectual, sino del crisol de la experiencia vivida. Nací en un pueblo llamado Bachaquero, a las orillas del lago de Maracaibo, y tuve que leer parte de su historia, de su legado, para poder encontrar las palabras para comunicarme con usted. De niño soñaba con llegar a las estrellas para hablar con ellas, pero nunca pensé que ese sueño se me fuera a hacer realidad: escribirle a una persona tan distante, tan inalcanzable para muchos.

Esta no es una carta de un admirador a una figura lejana; es el diálogo que un caminante desea entablar con quien le ha mostrado el sendero. Su autoridad moral, lo sabemos bien, no emana del oro de la medalla que le otorgaron en Noruega, sino de la inquebrantable coherencia de una vida entera. Es la autoridad de un guardián de la humanidad, un verdadero guardián de la civilización humana. Es la autoridad que nace de la memoria de un niño que conoció la pobreza más cruda, que muchas veces se acostó sin comer en una Argentina de carencias , que perdió a su madre a los tres años y encontró refugio en un asilo. Es la autoridad forjada en la persecución, en los catorce meses de encierro sin juicio, en el dolor de la tortura infligida por una dictadura imperialista Imprque no podía soportar la luz de su testimonio. Usted nos ha demostrado que la verdadera fuerza no reside en el poder que oprime, sino en la fragilidad que resiste.

Aunque sé que mi historia se verá eclipsada por las grandes acciones que este ilustre hijo del universo ha hecho, perdone usted, maestro, que trate de entretenerlo con mis palabras y mi historia. Recuerdo que de niño jugaba entre las raíces de tres árboles de flamboyán. A los 9 años, mi padre se fue para esperarme en un mundo mejor. Aún recuerdo a mamá llorando en la cocina porque no teníamos que comer. Era 1984, después de la muerte de mi papá, yo apenas iba a cumplir 10 años. Sonriendo, le tomé la mano a mi madre y le dije: “Mamá, tengo una solución y yo sé que papá me va a ayudar donde esté”. Ahí estaba su viejo termo de café y le dije: “Hazme café y yo me voy a llevar el termo de papá y él me va a ayudar, y ya vas a ver que en la mañana vamos a tener desayuno todos”. Eran aproximadamente las 4:30 de la mañana, lo recuerdo claramente porque mi mamá se levantaba muy temprano para limpiar nuestra casa. Yo, lleno de entusiasmo, me vi de repente bajo la mirada de mi madre que me dijo: “No, hijo, no puedes ir, tú estás muy pequeño”. Y yo le dije: “Sí, mamá, pero ahora soy el hombre de la casa”, a pesar de que tenía siete hermanos más.

Recuerdo muy bien haber salido la primera vez a la calle con un termo de café en la mano, unos vasos plásticos, y caminar entre la oscuridad. La verdad era que solamente quería jugar con mis carritos de lata, no quería ir a vender café, tenía miedo. Pero ver a mi mamá llorando me armó de fe, y desde ahí conocí la fe. Apenas había pasado unas rejas que dividían lo que eran los campos petroleros de “fuera del campo”, como le llamábamos nosotros, ya nos estaban inculcando la división desde pequeños. Recuerdo que al pasar el portón, había un señor vestido con un traje que representaba a Maraven, la industria petrolera, listo para ir a trabajar en el lago. Ese señor me preguntó qué hacía despierto tan temprano. Era extraño ver a un niño de mi edad a esas horas. Yo le dije que mi papá se había muerto y no teníamos nada que desayunar. Y me dijo: “¿Cómo puede ser posible?”. Recuerdo que en ese entonces era algo inaceptable ver personas en los semáforos haciendo malabares para comer, era algo que no se podía ni siquiera imaginar. Él, muy amablemente, me dijo que le diera un café. Luego levantó su rostro y silbó muy duro a sus compañeros y a la gente que estaba alrededor, y les decía: “Señores, vengan a comprar café, porque a este niño hay que ayudarlo”. Y ahí conocí la generosidad.

Ese día llegué a mi casa con jamón, queso, pan y leche porque aquellos señores no solamente me compraron el café sino también me llevaron a la panadería a comprar algo de víveres. Y recordé, cuando venía caminando, que un día mi mamá, molesta con mi papá, le tiró sobre el piso el jamón, el pan y la leche, recuerdo que mi mamá le decía mis hijos no son loros para comer esa comida, vaya que tenía miedo de que mi mamá me fuera a hacer lo mismo, . Cuando llegué a la casa, mi mamá me agarró, me abrazó y lloró, y le pidió perdón a mi papá porque no entendía el sacrificio que mi pobre viejo hacía. Recuerdo que mi papá trabajaba para el Ministerio de Energía y Minas, y por eso yo estudiaba en una escuela privada, de la cual me sacaron porque no tenía quien me representara. Pero había un señor, que donde quiera que se encuentre, Dios lo tenga alentado, el gerente de Maraven en ese entonces, Pedro Martínez, a quien yo le vendía café. Le conté mi historia y me dijo: “¿Sabes qué? No te van a sacar, porque yo te voy a ayudar”. Finalmente, lo cambiaron dos años después y me sacaron en el último año de mi colegio, en sexto grado. Un cambio muy radical para mí.

En aquellos días, también me di cuenta de que mi pobre mamá no sabía leer ni escribir y por eso le daba pena ir al banco. Hoy, gracias a que se registró en una misión que se dio en mi país para aprender y a su esfuerzo propio, ya mi mamá sabe leer, escribir y me envía muchos mensajes de texto, aunque le confieso que me encanta más cuando me canta en sus mensajes. Luego tuve que pasar una vida que le agradezco profundamente a Dios por todo lo que me ha enseñado. Hoy por hoy, le puedo decir que tengo revelaciones que muchos no entenderían, tengo un Dios maravilloso que me protege, tengo un Espíritu Santo que me guía y el legado de otro hombre llamado Jesús que me enseña día a día cómo comportarme.

Gracias, maestro, por escucharme. Sigo mi camino. Hoy he preparado muchos proyectos para mi país, de los cuales no quiero hablar hoy, porque no estamos hablando de mí. Estamos hablando de los niños que se encontraron, de dos niños que hoy se encuentran en mi pensamiento. Sigamos luchando, sigamos adelante.

En usted, hemos aprendido que no hay disociación posible entre el artista, el creyente y el activista. Su obra como escultor y pintor no es un adorno de su activismo, sino su lenguaje más profundo. Su Vía Crucis Latinoamericano no es una mera representación piadosa; es una denuncia teológica y política que clama al cielo desde la tierra herida de nuestro continente. Su fe, arraigada en la Teología de la Liberación y en la opción preferencial por los pobres, no es una piedad de sacristía, sino el motor de una praxis que se sumerge en la historia para transformarla desde adentro. Su vida es un inmenso alegato contra la fragmentación, una demostración de que la lucha por la justicia, la búsqueda de la belleza y la vivencia de la fe son facetas de un mismo y único compromiso con la dignidad humana. Es esa integridad, esa “coherencia entre el decir y el hacer” , la que le ha convertido en la reserva moral de los pueblos que no se rinden.

La Esperanza como Verbo: Lecciones Aprendidas de su Camino

De su vida y su palabra hemos aprendido la lección más fundamental para nuestra supervivencia espiritual y política: que la esperanza no es un sentimiento pasivo, sino un verbo. Es una acción, una construcción, una resistencia. Usted nos la ha descrito con la belleza de una metáfora inolvidable: “La esperanza es como la flor del loto, que crece en medio del fango mostrando su belleza”. En los pantanos de la injusticia, en el lodo de la violencia y la miseria, usted nos ha enseñado a cultivar esa flor. El concepto de “Resistir en la Esperanza” , que da título a sus reflexiones, es la tecnología espiritual que ha permitido a generaciones de latinoamericanos no solo sobrevivir a la opresión, sino desafiarla y soñar con un futuro distinto. No se trata de una espera fatalista, sino de una fuerza activa y creadora, “La fuerza de la esperanza” , que se niega a aceptar la realidad impuesta como la única posible.

Esta esperanza activa tiene una gramática propia, y su principal regla es la no-violencia. Su frase, que resuena en nosotros como un mantra, lo resume todo: “nadie puede sembrar con los puños cerrados. Para sembrar es necesario abrir las manos”. Esta no es la propuesta de la debilidad, sino la estrategia de la fuerza más profunda. Es la comprensión de que la violencia del opresor nunca puede ser derrotada imitando sus métodos, pues hacerlo sería corromper la semilla misma de la nueva sociedad que anhelamos construir. La mano abierta es un símbolo de una riqueza inagotable: es la mano que se niega a golpear, la que ofrece diálogo, la que comparte el pan y la semilla, la que se muestra vulnerable y, en esa vulnerabilidad, revela una fuerza moral invencible. El Servicio Paz y Justicia (SERPAJ), que usted ayudó a fundar y a guiar, es la encarnación institucional de esta filosofía: una red continental que traduce la no-violencia activa en programas concretos para la niñez en riesgo, en defensa de los pueblos originarios, en la reconstrucción de la memoria y en la educación para una cultura de paz.

Y es precisamente en la memoria donde reside otra de sus enseñanzas capitales. “La memoria no es para quedarse en el pasado”, nos ha dicho, “Ilumina el presente”. En un continente plagado de amnesias impuestas y relatos oficiales diseñados para justificar el crimen, su trabajo en la Comisión Provincial por la Memoria y en otros espacios ha sido un acto de insurrección contra el olvido. Usted comprendió, antes que muchos, que la lucha por la memoria es una batalla contra lo que ha denominado el “monocultivo de las mentes”. Las dictaduras imperialistas y los regímenes autoritarios no solo buscan controlar los cuerpos, sino también imponer una única narrativa, una sola forma de pensar, una historia saneada de sus crímenes. La labor de recordar a las víctimas, de documentar la represión, de dar voz a los silenciados, es el antídoto más potente contra ese totalitarismo mental. Es un acto que afirma la diversidad de las experiencias y la pluralidad de las verdades, sentando las bases para que los horrores del pasado no se repitan y para construir una identidad nacional pluricultural, asentada en la verdad y la justicia.

El Horizonte de la Esperanza desde una Realidad Concreta

Maestro Adolfo,

Le escribo desde una Venezuela que libra, en el sentido más literal de la palabra, una batalla por su existencia. Una batalla donde el campo de juego no es solo nuestro territorio, sino la economía, la psique nacional y el mismo derecho a la autodeterminación. Su reciente carta a la laureada del Nobel de 2025, en la que con lucidez cuestiona los llamados a la intervención extranjera, ilumina el meollo de nuestra lucha: la defensa de la soberanía como acto de justicia.

Cuando usted evocó en su discurso de Nobel los rostros de los reducidos a la miseria, describía una metodología que hoy padecemos: la ingeniería del caos como arma política. La difícil situación que vivimos no brotó de la tierra; fue diseñada, financiada e implementada a través de un bloqueo financiero cruel y sanciones unilaterales que son, en esencia, un castigo colectivo. Son el “fango” actual en el que intenta ahogarse a nuestra nación.

El análisis forense de las comunicaciones públicas de la galardonada en 2025 —que ahora adquiere una dimensión más profunda a la luz de su propia carta— no deja lugar a dudas. Revela una estrategia fría de lobby por sanciones, de celebración de la presión militar y de alineamiento con los intereses de quienes buscan nuestra sumisión. La dedicatoria del Nobel al expresidente Trump, principal arquitecto de la más feroz embestida contra nuestra economía, no es un gesto simbólico; es la ratificación de una alianza que tiene por moneda de cambio el sufrimiento del pueblo venezolano.

Maestro, mi compromiso con esta verdad me llevó a trascender la mera denuncia pública. Entre el 12 y 13 de octubre de 2025, interpuse denuncias formales ante dos Gobernaciones suecas (Länsstyrelsen): en el Condado de Estocolmo (Caso N° 51873-2025) y en el Condado de Norrbotten (Caso N° 16416-2025), amparándome en la ley de fundaciones sueca para cuestionar la decisión del Comité Nobel.12 Estos recursos, que siguen su curso administrativo, no son simples trámites. Son la materialización de esa ‘esperanza activa’ que usted predica: la convicción de que hasta las instituciones más consagradas deben rendir cuentas cuando su acción, o su omisión, se convierte en instrumento de una agenda geopolítica que victimiza a un pueblo soberano. El hecho de que las autoridades suecas hayan admitido a trámite mis solicitudes, iniciando procesos administrativos de examen, es para mí un rayo de luz.34 Valida que la lucha por la dignidad también se libra en el terreno de las leyes y las instituciones, y que la verdad, cuando se presenta con pruebas, puede abrirse paso incluso en los escenarios más complejos.

Los rostros que usted defendió en el Cono Sur hoy tienen su reflejo en los nuestros, pero con un agravante: la crisis no es un subproducto de la incompetencia, sino el objetivo logrado de una agresión externa. Son los rostros de:

​· Los productores a los que se les niegan insumos por un bloqueo comercial.

· Los enfermos que no acceden a tratamientos por el secuestro de nuestros recursos en el extranjero.

· Los jóvenes cuyo futuro es robado no por la falta de potencial, sino por una diáspora inducida por una guerra económica calculada para generar desesperación.

​Mi propósito, maestro, es situar la conversación en el terreno de la verdad concreta. Y la verdad es que la coerción económica es la nueva tortura de los pueblos, y sus cómplices internos son los nuevos mercenarios. Desde esta verdad, mi pregunta se transforma:

​¿Qué sucede con la esperanza activa cuando el mecanismo de opresión se sofistica y se externaliza? ¿Cómo evitamos que la lucha por sobrevivir a un ataque híbrido nos haga perder de vista el horizonte de la construcción soberana?

​La esperanza, en este contexto, no puede ser un analgésico. Debe ser el anticuerpo que identifica y rechaza el virus de la injerencia. Nuestra victoria no será solo sobrevivir, sino desmontar, desde la verdad y la memoria que usted enseña, la arquitectura misma de esta agresión.

​La Propuesta de un Horizonte Mayor: «Por qué dar un poco de esperanza cuando realmente podemos dar mucho más»

​Es a partir de esta inquietud, maestro Adolfo, que ha nacido en mí un lema, una brújula que orienta mi pensamiento y mi acción, y que hoy le ofrezco con la humildad de un aprendiz. Es una pregunta que me hago a mí mismo y a mis compañeros de lucha cada día: por qué dar un poco de esperanza cuando realmente podemos dar mucho más.

​No pretendo con esto enmendar su legado, sino, por el contrario, tomar en serio su propio compromiso de «redoblar mis esfuerzos en la lucha por la paz y la Justicia». Esta pregunta no es una ruptura, sino un intento de extensión, un esfuerzo por estirar el horizonte de lo posible, incluso cuando la realidad parece querer encogerlo.

​»Un poco de esperanza» es la esperanza de la resistencia, la esperanza de sobrevivir. Es la esperanza de que no nos maten, de que nuestros hijos no mueran de hambre, de que cese la represión. Es una esperanza necesaria, vital, indispensable. Es la base sobre la cual se construye todo lo demás. Pero no puede ser el destino final.

​»Dar mucho más» es atreverse a hablar el lenguaje de la construcción radical y generosa, incluso en medio de las ruinas. Es la esperanza del florecimiento humano integral. Es la materialización de esa «liberación integral» de la que nos habla la mejor tradición de nuestra teología latinoamericana , una liberación que no solo nos redime de la opresión política y la miseria económica, sino que nos abre a la plenitud de la vida. «Mucho más» es la diferencia entre tener pan y tener cultura. Es la diferencia entre no ser torturado y tener la libertad de crear, de amar, de jugar, de celebrar. Es la transición de un lenguaje de la resistencia a un lenguaje de la creación.

​Usted mismo nos ha dado la clave cuando afirma que «La Argentina no es pobre; es un país rico empobrecido». Esta afirmación es válida para toda nuestra América Latina. No somos un continente de escasez, sino de una abundancia injustamente distribuida. Por lo tanto, la lucha por «mucho más» no es una fantasía utópica, sino una reclamación de lo que nos pertenece por derecho. Es la exigencia de una abundancia de justicia, una abundancia de derechos, una abundancia de belleza y una abundancia de paz. Es el paso de concebir la paz meramente como el fruto de la justicia, a concebirla como la abundancia de la dignidad, donde cada ser humano tiene acceso pleno no solo a sus necesidades básicas, sino a todo aquello que hace que la vida valga la pena ser vivida: la salud, la educación, el arte, la alegría, el tiempo para la contemplación y la comunidad.

​La siguiente tabla intenta sintetizar cómo esta propuesta busca expandir, desde su propia base filosófica, el alcance de nuestra lucha:

Concepto Clave en la Filosofía de Pérez EsquivelEvidencia y Citas ClaveLa Propuesta de «Mucho Más» de Mauro Herrera
Esperanza como Resistencia Activa«Resistir en la Esperanza» ; «La fuerza de la esperanza» ; La flor de loto en el fango.Esperanza como Construcción Radical y Generosa: La capacidad de diseñar y edificar activamente un futuro de plenitud, no solo de ausencia de dolor.
Paz como Fruto de la Justicia«La paz sólo es posible como fruto de la Justicia» ; Paz no es ausencia de conflicto, sino dinámica de relaciones.Paz como Abundancia de Dignidad: El acceso pleno y garantizado a la salud, la educación, la cultura, la vivienda y la alegría como componentes esenciales de la paz.
Liberación de la OpresiónLucha contra las dictaduras, la tortura y la desaparición ; Defensa de los derechos de los pueblos.Liberación para el Florecimiento Humano Integral: El derecho a soñar y construir realidades que trasciendan la supervivencia, enfocadas en el desarrollo pleno de las potencialidades humanas.
No-Violencia como Herramienta de Lucha«Nadie puede sembrar con los puños cerrados» ; La fuerza evangélica de la no-violencia.No-Violencia como Herramienta de Creación: La metodología no solo para desmantelar la sociedad injusta, sino como la arquitectura fundamental para construir la nueva.

Cierre: Una Semilla para el Futuro y el Saludo de «Paz y Bien»

​Mi querido maestro, esta carta es, en su esencia, un acto de profunda gratitud. Su vida ha sido y es un faro que nos guía en medio de la noche continental. Le agradecemos su coherencia, su valentía y, sobre todo, por habernos enseñado a conjugar el verbo esperar en su forma activa.

​La idea que he intentado esbozar aquí no es más que una pequeña semilla. Se la ofrezco con las manos abiertas, como usted nos ha enseñado, para que sea sembrada en el campo fértil del diálogo y la lucha compartida. Es el compromiso de mi generación de no conformarnos con resistir, sino de atrevernos a construir con una ambición radical y una generosidad desbordante. Porque nuestros pueblos, que tanto han sufrido, no merecen solo un poco de esperanza; merecen, y pueden tener, mucho más.

​Me despido con la emoción de quien ha podido hablar con su mayor, con el respeto que su testimonio inspira y con la esperanza renovada de que, juntos, podemos seguir abriendo caminos.

​El autor es ingeniero, y es quien demanda en Suecia la nulidad del Premio Nobel de la Paz a María C. Machado, en conformidad con la Ley de Fundaciones de ese país, por considerar que la asignación del galardón viola el testamento de Alfred Nobel, quien estableció las bases para conferir el mismo.

X @MauroMHerrera

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