Federico Ruiz Tirado

@Fruiztirado

Cuando Hugo Chávez apareció como Presidente electo en un programa moderado por aquel sibilino agente del performance televisivo venezolano de entonces, ese mismo que montaron el 11 de abril con las corporaciones mediáticas bajo las alas  y  cúpulas eclesiásticas, empresariales y sindicales, anunciando el golpe de 2002, y de algunos militares gorreros de EE. UU., ni el mismo Napoleón Bravo se imaginó que era posible encontrar entre los trazos primarios de la biografía de aquel locuaz y brillante campesino barinés, bembudo y de pelo pegado, que no pronunciaba los plurales, una pizca de ese humor sui generis que en su talante político le sirvió de combustible para gobernar una Venezuela bastante herida por las profundas desigualdades sociales y la humillación de saberse condenada a deambular de un lado a otro del Infierno al Purgatorio.

Recuerdo claramente ese día, porque Hugo mostraba un rostro cuya gestualidad no podía disimular la contracción de los adenoides cuando sonreía o fruncía el ceño: una vieja sinusitis de adolescente que nunca como desde entonces fue tan observada en figura pública alguna, para ir inaugurando las marcas de una identidad similar a la del Anticristo, suerte de modelo «antiestético» de un zambo que emergió de la Venezuela profunda para tomar las riendas de la nación, aliarse con los pobres y pataenelsuelo de la patria, arreglarles la dentadura, incluirlos en el sistema educativo, sacarles la cédula de identidad y sentar de culo a los Amos del Valle y convertir la risa en un músculo libre y popular que por gravedad hizo sobrellevar de emoción y gracia los domingos de los hogares empobrecidos del país y de muda estupefacción a los ricos de siempre, racistas, «exclusivos», herederos sin rastro de sangre de las familias asociadas a la «leyenda» de los Amos del Valle o a la casta de la clase media apostada en las universidades públicas y privadas socias de la renta petrolera.

Sobrecogidos, asomándose al borde del asombro que causaba la presencia de Chávez en televisión, ciertos aspectos de la semiótica del Presidente fueron también convirtiéndose en accesorios de la vida de muchos que con o sin agrado, no tenían por qué esconder una especie de complicidad vergonzosa, esa que llaman «pena ajena» pero en familia, con sorna o sin ella, con champagne o música de fondo.
Recuerdo claramente ese día porque Napoleón Bravo estuvo a punto de aludir a la diabólica verruga y al diastema de Chávez, que lo exhibía también como una pieza de museo en la historia de los presidentes de Venezuela. Y Chávez lo sabía: la disonancia ideológica no iba a marcarse tan temprano. Había que agarrar fuera de base a los esteticistas de la burguesía, primero con su físico «vernáculo», veguero, su mirada aguileña, como ponderando el horizonte que tenía ante sí, y simular su ingenuidad a pesar de ser lo que era: el enemigo histórico que por fin había salido de la espesura del «subdesarrollo» para pelear contra los dueños del mundo.

¿Y cuál era ese escenario confrontativo? Rocco Mangiere señala el que los estudios semióticos en Venezuela han estado destinados (fundamentalmente en Venezuela) al estudio sistémico de los medios de comunicación, prensa, radio y televisión. ¿Sabía Chávez que estos espacios generadores de contenidos estaban gradualmente asociados al accionar político y quizás más expresivamente desde 1989, cuando se produjo El Caracazo, y por ello el mundo entero comprendió la tragedia de ese terrible impacto que significó la exhibición en vivo de una de las más sangrientas batallas entre los poderosos y los pobres en la Venezuela Saudita, la que iba a dar un paso más al frente del abismo, según las palabras de Carlos Andrés Pérez?

Desde luego que Chávez sabía eso, incluso más que sus contrincantes, quienes poco pudieron contener la capacidad de uso que el Presidente dio a la organización de los códigos, como dice Mangiere, «sonoros-musicales» de la televisión y a la capacidad narrativa que Chávez desplegó en esos medios desde «el por ahora», pasando por cinematográfico relato del día de la incontenible diarrea y los perros que lo asecharon, hasta el «aquí huele a azufre”, cuando se burló de Bush ante el mundo entero.

Chávez entró a nuestros hogares, decía la gente en los barrios del país. Nos enseñó con jocosa sabiduría a vivir entre cuatro paredes, a ser solidarios y responsables de nuestros actos.

Hoy, cuando cumpliría 68 años, estuviera conversando con los asistentes desde el Palacio del Marqués o en la sala de teatro José Esteban Ruiz-Guevara, y entre chanza y chiste, habría preguntado por qué no invitaron al gobernador Sergio Garrido a cantar «Linda Barinas».
A ese Chávez yo lo recuerdo hoy, con ternura y admiración.

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