En El Campito las grietas aún hacen temblar el alma

En el popular sector de Catia La Mar, vecinos y vecinas describen que el impacto del doble terremoto se sintió con mucha fuerza. Esperan que los ingenieros hagan el estudio del suelo

Después del doble terremoto del 24 de junio Soraida solo ha ingresado hasta la sala de su casa. No se atreve a recorrer las otras áreas de su vivienda de tres (3) plantas en el sector El Campito, cercano al barrio La Lucha en Catia La Mar, estado La Guaira. Tiene miedo, pues el lugar que fue su hogar durante 28 años, sufrió severos daños producto de los fuertes movimientos telúricos.

La casa de Soraida sufrió serias afectaciones de carácter estructural.

Las paredes quedaron agrietadas. Las escaleras que conducen a la platabanda están inestables. En la parte baja de la cocina se aprecia un hueco, pero lo más grave podría ser que el suelo donde se encuentra la estructura, donde durante décadas convivió junto con su familia, posiblemente esté afectado, de acuerdo con la explicación que le brindaron ingenieros de la Comisión Presidencial  para la Evaluación de Habitabilidad de Viviendas e Infraestructura, y que ella transmitió a Diario VEA.

Soraida expone las necesidades del sector. Foto Franklin Domínguez

La instancia, creada el 28 de junio, es decir, cuatro día después de los terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 que sacudieron al país, ya inspeccionó en dos (2) oportunidades la casa, determinando que quedó inhabitable, y que además puede desplomarse. Esto la convierte en un riesgo además para los hogares vecinos. Pues, es difícil para los expertos determinar que en caso de ceder lo haga hacia adelante, hacia atrás, al frente o hacia los lados. Ante esta realidad tanto ésta, como otras seis (6) estructuras aledañas recibieron clasificación roja dentro del semáforo de evaluación. Es decir, representan alto riesgo–zona prohibida, un peligro inminente para la vida.

Desde las afueras de una de las casas vecinas, Soraida, quien es jefa de calle, comentó a este portal que la tercera visita que esperan es la del ingeniero forense y un ingeniero geotécnico para que precise si el suelo o el terreno es apto, y poder determinar así si la vivienda puede ser reparada o no.

Soraida, quien ya crió a sus hijos y que ahora recibe constantes visitas de sus nietos en el hogar, dice que no se quiere ir del lugar donde se siente cómoda, donde echó pa’lante con sus retoños. En ese marco comenta que la comunidad está tratando de organizarse para ver si reconstruyen, porque nadie se quiere ir del lugar. «La comunidad tiene sus proyectos», menciona, e indica que por eso es que necesitan la evaluación de los expertos en suelo.

Las escaleras en la casa de Soraida quedaron agrietadas. Foto YHT

Agrega que aunque han recibido apoyo en materia de alimentación, salud, tras el doblete sísmico, al lugar no ha acudido ninguna autoridad, como por ejemplo el gobernador, el alcalde o funcionarios de más alto rango a escucharlos.

De acuerdo con Soraida, en esa parte de El Campito viven alrededor de 150 familias.

Una parte del piso (en la segunda planta) se levantó.

Cuando sucedieron los terremotos, Soraida estaba sola en casa, los vecinos y uno de sus hijos que vive cerca la ayudaron a salir. Ella estaba en la segunda planta. Los nervios la paralizaron, y no es para menos. En el recorrido que hicimos por su hogar, observamos las paredes agrietadas, una parte del segundo piso se levantó.

Parte de la escalera que debía usar para llegar a planta baja también tiene grietas. En el segundo piso se aprecia concreto sobre un libro infantil, seguramente de uno de sus nietos. Sus adornos, decoraciones se movieron a causa del impacto de la fuerza de la tierra. Lo mismo sucedió en la cocina, donde parte del empotrado cayó al piso.

La casa de su hijo, que vive en el sector El Campito, no sufrió tanto como la suya, y es ahí y entre el refugio, que habilitaron unos metros más adelante, donde se mantiene.

Gabriel Yépez, su otro retoño, vive en Carayaca, otra de las parroquias de La Guaira, suele ir a la casa materna a tratar de acomodar el desorden que los sismos dejaron en el hogar.

Fue con Gabriel con quien entramos a la casa. Estaba recogiendo los escombros que cayeron en la cocina, y tratando de ordenar un poco. Él, de unos 40 años, tiene el espíritu que caracteriza a gran parte de los venezolanos y venezolanas, jovial, alegre, optimista, aun en medio de las dificultades.

Tras relatar que después del doble terremoto lo que hizo fue prender su moto y llegar hasta El Campito para ver cómo estaba su madre, su hermano. Y también para buscar a su hija que trabaja cerca de la zona en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, expresa que desea que la casa de su madre pueda ser reparada, para que siga en ese sector que tanto le gusta. El lugar donde desde hace muchos años ha vivido la familia. Por eso pide que los ingenieros acudan a hacer la evaluación del terreno.

Las grietas parecen abrirse más

Norma y Gleidys guiaron a Diario VEA por varias zonas del sector. Foto YHT

Diario VEA llegó al sector El Campito, a las 10:10 de la mañana del viernes 31 de julio, pues nos informaron que en ese sector los terremotos del 24 de junio se sintieron con «mucha fuerza», y que dejaron grandes grietas. También nos comentaron que es uno de los lugares donde no se dado cobertura con énfasis del impacto de la dupla sísmica.

Nuestro punto de partida al llegar fue una de las bodegas de la zona. Norma, su dueña, no quiso declarar ampliamente, pero nos dijo, «claro, aquí el piso se agrietó mucho». De inmediato procedió a llevarnos a algunos lugares donde las fisuras saltan a la vista. Al recorrido se sumó Gleidys Mayora, quien tenía cita médica, pero nos dedicó unos minutos.

Sin afirmar ni negar nada, a muchos de los consultados no les extraña que el epicentro del sismo haya estado muy cerca del sector, pues describen que el lugar se movió muy fuerte. Algunos contaron que intentando salir de sus hogares cayeron al piso, lastimándose las rodillas. Otros recordaron que Estados Unidos rectificó que el segundo sismo tuvo como punto de origen La Guaira.

El 28 de julio el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, siglas en inglés) corrigió el epicentro del segundo movimiento telúrico de magnitud 7.5. Pasó a ubicarlo a 17 kilómetros al oeste de Catia La Mar, estado La Guaira, y no en Yumare, Yaracuy, como ese organismo había dicho el 24 de junio.

El primer punto a donde nos llevaron las vecinas del sector fue justamente a las afueras de la casa de Soraida, lugar donde se encuentran al menos otras ocho viviendas. Cuando llegamos al punto comentaron entre ellas: «Mira, se está abriendo más la grieta». De inmediato nos señalaron que antes de los terremotos las casas no estaban tan separadas de la acera como se ven ahora, donde se aprecia un resquebrajamiento del suelo.

En el lugar también hay bloques y escombros que se desprendieron de paredes y techos de varias de las casas. Las mayoría de las puertas tienen etiquetas rojas. Los habitantes de los inmuebles están en el refugio que fue habilitado más adelante. Algunos marcaron su nombres y números telefónicos en las paredes. Lo hicieron luego de la tragedia, por si algún ente del gobierno requería comunicarse con ellos para alguna información, nos explicaron otros vecinos.

Techos y paredes cedieron ante la fuerza de los movimientos telúricos. Foto Franklin Domínguez

Seguidamente Gleidys nos llevó hasta su casa, justo al lado de la de Soraida. Es una vivienda de una planta. En la fachada se nota una separación de la pared. Adentro sin embargo no se observan grietas. Señala que su hogar entró dentro de la clasificación roja, por la posibilidad de que la construcción vecina se derrumbe.

La casa de Gleidys ya recibió dos inspecciones. Foto YHT

«La vivienda tiene dos inspecciones. No es habitable porque la casa de al lado está comprometida», indica. Dijo que están a la espera del especialista del suelo.

Mientras recorremos parte de su cocina, la cual posee una ventana donde se observa la quebrada de al frente y «casas vecinas del barrio La Lucha» como nos comentó Gleidys, agrega viendo hacia el piso, que en el barranco se puede apreciar que el terreno cedió.

Luego del doble sismo, Gleidys se había ido al refugio por temor a que su vivienda cayera, pero dice que no quiere estar ahí. Reconoce que le garantizan comida, salud, pero no le gusta quedarse a dormir en el lugar porque a su juicio hay alguna «gente viva». Por eso es que tomó la decisión de dormir en la sala de su casa. Según ella, uno de los ingenieros que hizo la inspección le dijo que esa zona no tenía problema.

Indicó que ya en el sector realizaron el Registro Único de Vivienda, ya ella se censó. Confía en que la ayuden a solventar su situación habitacional.

Mayora lleva 20 años viviendo en esa casa. La construyó en un terreno que le dio su madre. Ahí crió a sus dos (2) hijos, uno de 23 y otro de 19 años, quienes actualmente trabajan en otros estados, cuando vienen a La Guaira se quedan con ella.

El día del doble terremoto estaba sola, viendo televisión. Lo que más la «traumatizó» en ese momento fueron los gritos de sus vecinos y vecinas. Fueron estos la que la hicieron salir y de inmediato buscar dónde resguardarse al percatarse de lo que sucedía.

Cuando salíamos de la casa de ella (de 47 años) sentimos en el «murito» de la entrada como un vacío, se lo manifestamos y nos respondió con tranquilidad: «Sí, se siente como un vacío, como algo hueco».

 

Lourdes tampoco quiere irse a un refugio

Lourdes García tiene 64 años y 37 viviendo en el sector El Campito. Es madre de Gleidys. Su casa mucho más grande que la de su hija también está en rojo. Señala que su hogar no sufrió severos daños sino que tiene esa clasificación debido a la cercanía con la vivienda de Soraida.

«Han hecho dos inspecciones, falta una tercera, la que estudia el suelo. Esa es la que estamos pidiendo y deseamos que nos la hagan pronto», comenta, sentada en una silla de mimbre en el patio de su casa; mientras dos de sus nietos ingresan a jugar en la sala, «pues le tenemos prohibido que vayan a hacerlo donde están las grietas o escombros. Ni a la casa de la tía van ahora».

Relata que ya los ingenieros evaluaron la estructura, y está bien. «Mi casa está estable. La ponen en rojo por previsión a que la casa vecina de tres pisos se caiga».

Le preguntamos si no le da temor quedarse en un sitio que tiene clasificación de riesgo y dice «no». Agrega que no quiere irse al refugio. Cuenta que estuvo los primeros días; «hay mucho zancudos. Mucha tierra. Allá no dormía».

Lourdes, con franela nega, y Lidia, con pijama verde. Foto FD

Lourdes vivió el terremoto de 1967, dice que fue fuerte, pero no al nivel del ocurrido el 24 de junio. «Este fue horrible, para mí que era «el cachúo» acabando con todo», refiriéndose al diablo.

Indica que ya la censaron en el Registro Único de Vivienda. Ahí manifestó que no quiere irse de El Campito, porque ha sido su hogar por muchos años. Cuenta que cuando era niña vivía más adelante con su madre, «donde está el parquecito», en referencia a una de las avenidas principales de Catia La Mar.

Nos dijo que su mamá perdió su apartamento en el urbanismo Summa (oficialmente llamado Urbanismo Hugo Chávez), ubicado en Playa Grande, Catia La Mar. Por eso está viviendo con ella, sí, en la casa que está en rojo.

«Lo perdí todo»

Al ver nuestra cara de sorpresa cuando nos habla de su madre, Lourdes dice: «Lidia, ven acá». Y ella responde: «para qué me llamas». «Ven que te quiero presentar a unas personas». De inmediato entra ella erguida, quien nos sonríe, y de inmediato expresa: «Buenos días, mucho gusto».

«Lo perdí todo», es lo primero que nos manifiesta Lidia, quien de inmediato relata que llevaba nueve (9) años viviendo en Summa junto con un nieto.

De inmediato relata que ese 24 de junio «estaba viendo televisión, estaba muerta de la risa. Cuando empezó a temblar. Y empezaron a caerse todas las maderas. Estaba en planta. Dos pisos me cayeron encima».

Recuerda escuchar que unos vecinos «empezaron a gritarme para rescatarme. Yo empecé a escarbar el piso en medio de la deficiencia que tengo de un ojo. Los vecinos me sacaron por una rejita. Gracias a Dios me sacaron rápido».

Narrando lo que vivió el trágico día, indica que estaba sola porque el nieto, que es como su hijo, con el que vive, estaba trabajando.

Después de sobrevivir al terremoto se lamenta que le ha atacado la tensión y los nervios. «Me quedé sin casa, sin ropa. Solo con lo que tenía puesto».

Agradece todas las atenciones que le brindan de salud y alimentación en el campamento, pero manifiesta que ella quiere su casa, porque está acostumbrada a vivir independiente. Dio a conocer que ya fue censada en el Registro Único de Vivienda.

Complementa que si le dan un toldito se ubica en el campamento.

Lidia con su hija y bisnietos. Foto Franklin Domínguez

Preocupación por el paso de las gandolas

Mientras conversamos con Lidia y Lourdes vemos pasar un quinto camión de carga, en un lugar donde decenas de casas están clasificadas en rojo.

Le preguntamos hacia dónde van, y Lourdes nos dice: «Antes por aquí cerca existía una compañía de autobuses, también una parada hacia Catia La Mar». Ya no están. Remarca que ahora hay como un almacén general de depósito, de donde entran y salen gandolas.

Cuenta que hace varios años en una oportunidad a una gandola se le salió el contenedor y chocó contra un muro.

El paso constante de camiones de carga les preocupa a ella y a sus vecinos por los accidentes que pueden generar.

Destaca que las casas estaban primero que ese depósito donde entran y salen camiones pesados.

Vecinos y vecinas señallaron a Diario VEA que además esa vía de El Campito la usan los camiones pesados y vehículos para acortar camino a Puerto Viejo y a Playa Grande. Muchos de ellos pasan a gran velocidad.

De hecho, mientras conversabamos con Soraida, un camión pesado pasó a gran velocidad para ser ésta una zona residencial, lo que obligó a que ella atajara con el brazo a su pequeña nieta, que estaba a punto de moverse. En esa oportunidad dijo: «Es uno de los problemas aquí, el paso de las gandolas».

Agregó que la vibración que producen las gandolas han afectado las viviendas.

Minutos después conversamos con William Palmera, un hombre cuya mitad de su casa se fue al barranco producto del doble sismo. Comentó que una de las fisuras que hay en su casa previo a los temblores es debido al paso constante de camiones pesados.

Decenas de casas en riesgo

En El Campito decenas de casas están clasificadas en rojo. La zona desde el punto de vista material fue altamente impactada, así se aprecia. Los vecinos y las vecinos agradecen a Dios que la pérdida de vidas humanas no fue alta. Varios nos hablaron de un señor que falleció luego de que cayera su vivienda.

Piden soluciones habitacionales en el mismo sector. Foto Franklin Domínguez

Mientras recorremos el lugar vemos que en casas declaradas en riesgo los habitantes siguen su rutina diaria. Por ejemplo, en una de las viviendas están vendiendo helados como han hecho durante años. La familia señala que solo usan la cocina y duermen en la sala. Las otras áreas no. No quieren irse a refugios, están a la espera del estudio del suelo.

William Palmera es mecánico así que pasa gran parte del día fuera de su hogar atendiendo trabajos que le salen. Igualmente Sergio García, que perdió parte de su casa. Duerme en el refugio, pero de día hace sus labores como mecánico, afuera de lo que fue su vivienda.

Más adelante conversamos con Luis, también mecánico, y otras personas presentes en su taller. Él se crió ahí, y aunque ya no vive exactamente en el lugar, sus padres sí, y ahí tiene su negocio. Cuenta que la mayoría de la gente no se quiere ir del lugar.

Es el clamor de las personas con las que conversamos. Todos esperan el estudio del suelo, y que los ayuden a reconstruir sus viviendas para seguir adelante con sus vidas, planes y metas.

Manifestaron tener miedo por el estado en el que quedaron las casas, las grietas en parte del suelo, pero para muchos es el único lugar donde han vivido y allí quieren permanecer. «Estamos acostumbrados a nuestro sector».

Lo otro que también tienen claro los habitantes de El Campito es que, el 24 de junio, los que sobrevivieron al doblete terremoto renacieron.

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