El doble terremoto del 24 de junio le arrancó a su hermana y a su tía. El dolor de las pérdidas sigue muy presente en Solaiby Farráez, una mujer que además quedó sin su hogar, ubicado en el urbanismo OPPE26 en la parroquia Caraballeda, La Guaira, la entidad más golpeada por los movimientos telúricos.
«Solo le pido a mi Dios que dé mucha fortaleza a todas la familias que perdieron a seres queridos», expresó para Diario VEA desde el Campamento Transitorio Ciudad Vacacional Los Caracas, donde se encuentra refugiada junto con familiares.
«Ha sido difícil de verdad haber perdido a mi hermana y a mi tía, pero aquí estamos en lucha, seguir para adelante», agregó con dolor en la voz y muy afectada.
Farráez no se encontraba en su apartamento el día 24 de junio, estaba en La Sabana, parroquia Caruao, en casa de su madre. En esa región de La Guaira la fuerza de los sismos no causó daños, solo un gran susto.
Fue el 25 de junio en horas de la mañana cuando Fárraez presenció el terror de lo sucedido en el urbanismo OPPE26. Torres desplomadas, paredes con enormes huecos como si hubiesen sido bombardeadas. Hombres y mujeres llorando, buscando a los que aman entre los escombros. Gritos y llantos de dolor, pánico e impotencia, rompían el silencio.
«Llegué a las 6:00 de la mañana y me encontré con un escenario terrorífico», y describe que para ese momento tenía la esperanza de encontrar a su hermana y a su tía, que además de ser su familia, eran vecinas.
Las hallaron a las horas, fallecieron en sus hogares, por el desplome de parte del edificio, relató.
Sin poder contener las lágrimas dice que su hermana dejó tres niñas, que ahora las tiene ella, y a quienes cuidará.
Una casa gracias a un buen corazón
La OPPE 26 ubicada en Caribe, tenía 12 torres, «y se cayeron seis, las más grandes. Cada torre tenía 98 apartamentos cada una», detalla Farráez.
Menciona que hace 10 años vivía en el urbanismo construido por la Gran Misión Vivienda Venezuela, GMVV. Lugar del que atesora muchos recuerdos felices. Comenzando por la bendición de tener hasta hace nada un hogar.
A Farráez no le fue asignada la vivienda por el Gobierno nacional sino que le fue cedida por una persona que vivía ahí, de un noble corazón.
Relató que ella iba a visitar constantemente a su hermana y a su tía que sí habían recibido casas en el urbanismo. Un día discutió con su mamá, con quien vivía, y se quedó un largo período donde su hermana. Una vecina de su familiar que conocía la historia le dijo, búsqueme en agosto. Era junio. Ella no aguantó la curiosidad y en julio ya estaba hablando con la señora. Esta le dijo que ella ya no iba a necesitar esa vivienda, porque su hijo estaba próximo a ser firmado por los Bravos de Atlanta y le prometió comprarle una casa, y como ella sabía que ese inmueble no debía venderse quería dárselo a alguien que lo necesitara.
Llegó agosto, al hijo de la señora lo firmaron. Y cumplió la promesa: «Le compró la quinta a su mamá. Ella se fue allá con sus seis hijos, y me dejó el apartamento».
Agrega que la señora que le dio la vivienda, afortunadamente sobrevivió al doble terremoto. «Su quinta quedó en buen estado, y ha servido de centro de acopio». Remarca que es una persona bellísima, con un corazón noble.
Valorando cada palabra de aliento
Solaiby agradece a Dios por estar viva, aunque ahora no tiene vivienda. «El edificio quedó hecho escombros. Me quedé sin nada».
Cuando la entrevistamos, el día 23 de julio, estaba siendo censada en el Registro Único de Vivienda. Manifiesta la esperanza que volverá a tener hogar.
El doble terremoto la hizo valorar cada vez más la vida. Para ella lo material era importante, que tenía tres televisores en su casa, y siempre pensaba en comprar otro y debía ser más grande que los que ya había en su casa. Ahora comprende, que lo que realmente vale es el estar, el ser. «Te llevas los que disfrutas en la tierra», las enseñanzas, indica.
Hoy valora que le den un fuerte abrazo, que le digan: «Tranquila mi amor, todo va a estar bien…».
Expresa, que en ese sentido agradece el abrazo solidario que le han brindado en el Campamento Transitorio Ciudad Vacacional Los Caracas, porque están atentos. «Siempre hay un abrazo, un cómo están. Palabras de aliento».
«He sentido el acompañamiento, muchísimo, de verdad que eso es lo que nos ha abundado. Un personal que nos ha estado dando esas palabras de aliento, esos abrazos que nos hacen falta», señala.
Agrega: «Ahorita más que algo material, necesitamos un abrazo fuerte y unas palabras de aliento de alguien que nos diga, tranquila que todo va a estar bien».


