Néstor Rivero Pérez

nestor5030@gmail.com

El 7 de octubre de 2001, hace veinte años, Estados Unidos, bajo la presidencia de George W. Bush (h), y bajo el alegato de que el gobierno talibán de Afganistán protegía y se negaba a entregar a Osama Bin Laden, jefe del grupo terrorista Al Qaida, invadió el territorio de dicho país centroasiático, con el designio de capturar al temible Bin Laden y desarmar las células terroristas que ocupaban el suelo afgano. La Casa Blanca imputaba al terrorista, de origen saudí, la responsabilidad por el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre.

 

“Duro de roer”

Enclavada en montañas del Asia Central al norte de Pakistán, con quien comparte su frontera suroeste, Afganistán limita al oeste con Irán y al norte con Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán. Un angosto corredor de 76 kilómetros de ancho la convierten en vecina de la República Popular China. Desde los días de Alejandro Magno y luego de Gengis Kan, Afganistán fue hueso “duro de roer” para las potencias que, desde la Antigüedad, pasando por el Medioevo y la modernidad industrial de occidente hasta el actual siglo XXI, pretendieron someter dicho territorio. Y, careciendo de salida al mar, en su suelo se perpetuaron comunidades tribales agrario-pastoriles.

 

Primer choque de civilizaciones

Desde el siglo VIII dC, el largo califato omeya asentado en Bagdad, inició la expansión de la religión musulmana hacia el oriente, conquistando Persia y, con el alfanje como auxiliar de la yijad, asentando el culto de Mahoma en Yijikistán y Takiyistán, para toparse de seguidas con la fuerte resistencia de las tribus del norte de Afganistán, que tributaban a Zoroastro. Así, sería en el siglo XII cuando la población afgana quedaría definitivamente convertida al culto islámico.

 

Casus Belis

Como motivo para justificar la terrible operación militar de 2001 -la cual se mantuvo hasta el 30 de agosto de este año, en lo que ha sido la aventura más prolongada y costosa de EEUU en el exterior a lo largo de su historia-, el presidente Bush II sostenía que el Talibán protegía a quienes, militantes de Al Qaida, bajo las órdenes de Bin Laden, habían ejecutado las acciones de terror que produjeron el desplome de las Torres Gemelas; al tanto que el Talibán aducía que dicha acusación carecía de pruebas, resultando improcedente la entrega de Bin Laden.

 

Extremismo y moderación

En el curso de las contiendas sostenidas en Afganistán, durante las últimas cuatro décadas, en distintas oportunidades se ha suscitado entre los grupos islámicos, en armas, una colisión entre los fundamentalistas y los moderados doctrinarios. Así, de una parte se ubican quienes proclaman la Sharia o ley musulmana que concibe un orden donde las mujeres circulan con su rostro totalmente cubierto y bajo total obediencia al marido, orden que contempla castigos como el azote, lapidación y amputación según la falta cometida, y de la otra quienes han adversado “una interpretación literal del Corán” (https://otralectura.com). Entre las figuras más visibles de esta última postura destacó, a finales de los noventa, Ahmad Shah Masud, “el León de Pashir” y líder por entonces de la Alianza del Norte.

 

Veinte años después

Habiendo combatido la invasión soviética a Afganistán en la década de los ochenta, para finales de los noventa Masud era, según distintas versiones, contrario a que EEUU asumiese el control de su país. El 9 de septiembre de 2001, dos días antes del derribo de las Torres Gemelas, Ahmad Shah Masud, quien se manifestaba opuesto a los matrimonios forzados, murió en atentado perpetrado por un miembro de Al Qaida. En todo caso, a veinte años de la invasión a Afganistán, como saldo de la contienda queda el hecho de que los dueños de las corporaciones del armamento en EEUU engrosaron sus fortunas mediante la venta de tanquetas, bombarderos, cohetes tomahawks y sistemas de comunicación satelital.

 

Sinóptico

1842

María Antonia Bolívar

Este día murió en Caracas María Antonia Bolívar, hermana del Libertador Simón Bolívar, quien, durante la ausencia de seis años del héroe al frente del Ejército Republicano en el Sur y el Perú, administró sus bienes en Venezuela, representándole ella en el arreglo de numerosos reclamos de índole personal, y de cuanta petición le era enviada desde Caracas, estando él en Quito, Lima o La Paz.

Así, respecto a quienes reclamaban por linderos de San Mateo, o la titularidad de una casa en La Guaira, o cancelación de una deuda familiar, pedía a “Antonia” como la llamaba, que le enviase una relación de las deudas efectivas para no pagar dos veces un reclamo.

El Libertador dio poder a su hermana para que le representase en la disputa sobre las minas de cobre de Aroa, y cuyos derechos pertenecían al héroe por títulos del mayorazgo familiar.

“No tengo otros bienes”, le escribió en una ocasión Bolívar, instándola a un arreglo que le permitiese una vejez sin inquietudes económicas. En 1841 María Antonia inició, ante el gobierno de José Antonio Páez, las gestiones para que las cenizas de Simón Bolívar fuesen traídas a Caracas.

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