Eugenia Russian

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En este tiempo de resistencia y de reorganización comunitaria, en medio de la crisis mundial luego de avances y retrocesos del sueño de integración solidaria bolivariana impulsado por los próceres de nuestra independencia, la Patria Grande asume un nuevo aliento con la toma de posesión del presidente Gustavo Petro y su vicepresidenta Francia Márquez, en Colombia, oportunidad que resulta una señal esperanzadora.

Hoy más que nunca les corresponde empezar a vivir etapas de grandes transformaciones para poder alcanzar la justicia social, que permita construir una auténtica democracia con equidad y sin exclusiones, que pueda transitar de un sistema neoliberal y conservador a un proceso de inclusión y participación del pueblo colombiano, que durante décadas se ha visto marginado de los procesos políticos.

Un factor poderoso para la dominación de los pueblos es el ataque a la conciencia, al minar la espiritualidad se debilita la misión y se intenta revertir el camino solidario de los pueblos. Hoy el reto para el nuevo gobierno colombiano requiere además de asumir acciones como un Estado responsable con el cuidado de su gente, y de la casa común, demanda un esfuerzo espiritual liberador para seguir incrementando la participación popular que permita corregir errores, avanzar con verdad, justicia y reparación para poder restituir la dignidad de un pueblo sufrido y así hacer posible lo que expresaba el sacerdote Camilo Torres, trabajar en función del amor eficaz.

El símbolo de la Espada de Bolívar parece abrir un nuevo escenario de unidad en nuestra América con perspectiva ética y así poder revertir las tendencias excluyentes para lograr espacios de cooperación en la diversidad, signo que representa ese devenir en la memoria colectiva.

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