La población colombiana no es el enemigo

El conflicto social no tendrá un fin estable mientras no se corrijan las causas que le dieron origen. / FOTO SHAMÁNICO

La paz se construye en colectivo y se defiende con respeto y diálogo

ILEANA RUIZ ANGULO iradeantares@gmail.com

El imperialismo y la oligarquía hace rato que nos están buscando. Buscando las cinco patas al gato, o lo que no se les ha perdido. Al parecer, lo que han extraviado es la cordura y el sentido del ridículo.

Primero fueron escaramuzas políticas con voces disonantes.

Luego se fueron a las manos: Un 11 de abril de luto que tuvo su 13 porque al pueblo de Venezuela nadie lo saca de sus trece; más tarde, organizaron “La Salida”, que no fue más que la entrada de la violencia despiadada, que a costa de vidas quería gobernar ilegítimamente; Obama le puso pimienta declarando que Venezuela era una “amenaza inusual y extraordinaria”; después pretendieron arrebatarnos el vocablo ancestral guarimba (que en realidad significa “mi casa”, en idioma kariña) dándole connotación de sangre inocente derramada; se sucedieron entonces payasadas autonombradas, buques sin licencia naviera navegando aguas territoriales, conformación de listas por parte de los gobiernos de EEUU y Colombia.

Ahora la Organización de Estados Americanos (OEA) nos viene con la pretensión de invocar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), mecanismo obsoleto y belicoso que promueve el ataque como defensa de la seguridad continental, intento del cual el presidente cubano Miguel Díaz-Canel ha señalado que “el único peligro a la paz y seguridad regional es la injerencia de Estados Unidos y la hostilidad hacia la nación suramericana”.

Por su parte, Iván Duque se ha unido al estribillo, con infundados anuncios sobre el apoyo del gobierno venezolano a la disidencia guerrerista de exlíderes insurgentes colombianos, infundios que solo anhelan desestabilizar el proceso de paz emprendido.

¡Ay, Colombia!

En su afán belicista, la oligarquía colombiana y venezolana (son la misma cosa con una frontera por medio) usan el arma más poderosa que puede alguien esgrimir: La siembra del miedo y el odio en la población.

Por el contrario, una de las frases más famosas del doctor venezolano Jacinto Convit, fue “cada vez que nos lancen una piedra, debemos devolverles una rosa. Porque el amor es el único antídoto contra el odio”. Y, la población colombiana no es el enemigo.

Recientemente, el fiscal general de la República, Tarek William Saab, expresó en un tweet: “Los defensores de derechos humanos en Colombia son dignos de nuestro respeto; ellos hacen su labor sin recursos financieros pero sí con valentía y decoro, enfrentando el terrorismo del Estado colombiano que los ha asesinado a sangre y fuego desde los años ’30 hasta hoy”.

Por su parte, el Nodo de construcción de saberes populares Orinoco Magdalena, en su curaduría de medios Bagatela, reseña diariamente avances en el proceso de paz.

Citando una nota, El Espectador nos trae información sobre el premio Emprender Paz 2019, en el cual uno de los ganadores resultó ser un emprendimiento en el área de maderas.

Lo curioso del asunto es que la iniciativa ganadora está conformada por exintegrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionaras de Colombia (FARC) y de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), quienes en tiempos de guerra pertenecieron a ejércitos contrarios.

Uno de sus miembros expresó: “Valió la pena dejar las armas porque en este momento estamos demostrándole a Colombia y al mundo que podemos construir paz sin necesidad de armas.

Este país es mucho más que guerra y muertos”.

Pero la guerra cambió de método. El Observatorio de DDHH del mismo Nodo Orinoco Magdalena, indica en su serie Rostros, que Yunier Moreno Java, integrante de la Asociación de Desplazados de la Vereda Peñas Coloradas, fue asesinado el 8 de septiembre.

Yunier vivió en el municipio de Cartagena del Chairá, trabajando como líder social y tenía interés en postularse como candidato a concejal de dicho municipio.

El conflicto social en Colombia no tendrá un fin estable mientras no se corrijan las causas que le dieron origen.

El infierno desatado con un dedo en el gatillo solo se apagará con la lluvia fresca y generosa de la verdad y la justicia.

Desde este lado de la raya evadimos el punto y la miramos con cariño, tristeza y solidaridad, porque no puede haber paz sin justicia, sin reconocimiento de los movimientos sociales y su lucha por la posesión de la tierra y el desarrollo agrario, sin reparación integral a las víctimas y personas desplazadas interna e internacionalmente, sin una batalla honesta y frontal contra el narcotráfico y la corrupción.

En definitiva, la irreversibilidad del proceso de paz pasa por el reconocimiento y plena vigencia de los derechos humanos para todas y todos. A todas estas, hay que decirlo una y otra vez, unir nuestras voces a la de Gandhi y repetirlo sin cansancio: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.

Defendamos la paz con una palabra contundente que estremezca las estructuras de una sociedad sedada por los barbitúricos del capitalismo.

Oligarcas, temblad,

¡Viva la libertad

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