La verdad, que además de bello, espléndido y deslumbrante ejemplar de can de sangre pura y noble, tengo la inmensa y colosal suerte de ser el hijo adoptivo de un hombre prodigioso, sagaz y con una inteligencia inconmensurable, como lo es mi amo Tomás (las cosas que dice uno por una ración de hígado con zanahorias).
Resulta que yo, mi padre Tomás y varios de sus amigos, nos encontrábamos en «Madame Blac», una discreta y elegante cafetería de Las Mercedes, disfrutando de unos café latte con alfajor, y estos muchachos, casi prediluvianos, comenzaron a recordar sus años de estudiantes.
Morillo Gallorojo se acordó de las enormes colas en la biblioteca nacional para pedir un libro, rezando y esperando que estuviera desocupado. Lisandro, el más joven del grupo, contó cuando sus profesores de las ciencias humanísticas prohibían el uso de texto enciclopédicos, porque eso era para flojos y Tomás sacó la cuenta de cuántos años había que estudiar para hacerse medianamente conocedor de un tema.
Dos años con la señora que enseñaba a leer; seis años de primaria; cinco años de bachillerato; casi seis años de universidad; dos o tres años de especialización; cursos, diplomados y pare de contar. Y con todo eso, antes de emitir una opinión había que investigar. Hoy día, cualquier patán, zafio, con un teléfono seguramente más inteligente que él o ella, se hacen pasar por conocedores de cosas que incluso no pueden pronunciar; son los estultos, necios y mentecatos, ignorantes ultracrepidarios e infodemicos, que seguramente por una propina, dan falsa información con la intención de crear pánico y zozobra en la población.
Son los íncubos y súcubos engendros de hetairas, cuya única finalidad es mostrar el dolor, infelicidad y desesperanza de personas y pueblos.
El autor es periodista


