Obispos se tongonean al ofrecerse como mediadores del diálogo… pero se les ve el bojote

El autor es periodista y analista político. Foto Archivo.

 Clodovaldo Hernández

@clodoher

Fariseos hipócritas, les dijo Jesús a los sacerdotes de su tiempo y fue tanta la fuerza de su exclamación, que las dos palabras se volvieron sinónimos: Fariseo (que era el nombre del activista de una corriente del judaísmo) pasó a significar lo mismo que hipócrita.  Ahora, decir “fariseo hipócrita” es una redundancia.
Según las creencias religiosas, Jesús ha pasado casi dos milenios observando desde las alturas lo que acontece en este planetica y, por lo tanto, debe haber constatado –con mucho disgusto, cabe especular – que los nuevos sacerdotes, esos que surgieron luego de su muerte, resurrección y ascenso al reino de los cielos, también son (en especial, los jerarcas) profundamente farisaicos e hipócritas, con el agravante de que estos hablan en su nombre. ¡Por Dios, qué hizo Cristo para merecer eso!
Esta reflexión surge a cada rato, al observar las conductas de muchas eminencias excelentísimas y reverendísimas a lo largo de años y siglos, pero esta semana en particular fue subrayada con la declaración de Baltazar Cardenal Porras en la que ofrece a la Iglesia (y, por extensión, se ofrece él mismo) como «factor mediador» de una eventual negociación entre el gobierno y el ala de la oposición que hasta ahora se ha negado a dialogar.
¡¿Mediadores… de verdad este monseñor ha dicho que ofrece como mediadora a la Conferencia Episcopal?!  Dios me perdone, pero para hacer semejante propuesta teniendo el currículum de opositores furibundos que lucen este caballero y sus colegas clérigos de alto coturno, hay que ser poseedor de una gran audacia, para no ofender a sus excelencias hablando de desparpajo. “¡Santos testículos, Batman!”, habría dicho Robin, el de la serie de televisión original, la del siglo pasado.

Lanzarse al ruedo como mediador en términos personales o proponer que la cúpula eclesiástica actúe como tal es, primero que nada, una declaración palmaria de que estos altos prelados subestiman en grado sumo la inteligencia  –y la memoria reciente– de la feligresía y del pueblo en general.

La conducta decididamente parcializada de la Conferencia Episcopal Venezolana a favor de “cualquier cosa que vaya contra el chavismo” la descalifica de manera absoluta para desempeñar el rol de árbitro, buen oficiante, facilitador e, incluso, de parte de buena fe, lo que es bastante decir en el caso de estos hombres de mucha fe. Esto es así, sobre todo, porque no se trata de una conducta aislada ni reciente, sino un modo de ser que data incluso de las elecciones de 1998, cuando hasta ungieron pactos profanos para tratar de impedir la victoria del Comandante Hugo Chávez.

Deplorable fue la actitud de los jerarcas eclesiásticos ante el referendo constitucional de 1999. Es difícil olvidar cómo intentaron convencer a sus fieles de que los aludes torrenciales que azotaron al entonces estado Vargas (ahora La Guaira) justo el día de la consulta popular, habían sido una especie de advertencia divina o un castigo de Dios contra el pueblo por empeñarse en cambiar la Carta Magna, dando así por sentado que su Dios era partidario del puntofijismo y que la Constitución de 1961 era algo así como un addéndum de las Sagradas Escrituras.

Los meses siguientes fueron de conspiración pareja para los insignes curas, siempre al lado de la derecha más recalcitrante y de los mercaderes del templo, siempre de espaldas al cristiano humilde. Para finales de 2001 ya eran parte del gran combo opositor que asumió luego, de manera abierta, el camino insurreccional. Como testimonio irrefutable de ello quedaron las fotos y videos del acto de la quinta Esmeralda, en las que el egregio jesuita Luis Ugalde levantó las manos de Pedro Carmona Estanga y Carlos Ortega, cabecillas del movimiento golpista que derrocaría a Chávez el 11 de abril de 2002, aunque apenas por un rato.

El 12 de abril, el cardenal Ignacio Velasco fue de los primeros en subir a firmar (con una sonrisa no muy beatífica, por cierto) el decreto de tierra arrasada del autoproclamado original Carmona Estanga. El propio Baltazar Porras (que aún no llevaba el capelo cardenalicio, pero ya era obispo) fue figura estelar de un aquelarre en el que también destacaron curas rasos pero muy mediáticos, como otro jesuita, Mikel De Viana, que se tripeó desmelenadamente el momento, proclamando su ancestral adequidad.

Entre ese año y el actual solo hubo un momento en que la jerarquía eclesiástica pareció reconocer la legitimidad del gobierno revolucionario: La misa de beatificación de José Gregorio Hernández, muy probablemente por artes del milagroso doctor.

A lo largo de este trecho de historia nacional, la cúpula que ahora se ofrece como arreglaentuertos ha sido, en no pocas ocasiones, más radical que los líderes de la oposición política (al menos que algunos de ellos). Notables figuras del cogollo católico han aparecido en los extremos, como fue el caso del otro cardenal, Rosalio Castillo Lara, quien incluso estuvo muy cerca de provocar un inaudito enfrentamiento entre correligionarios, en una procesión de la Divina Pastora.

La Conferencia Episcopal ha apoyado en los últimos veinte años todas las operaciones legales e ilegales, morales e inmorales, sagradas y obscenas que la oposición ha desplegado para arrebatarle el poder a la Revolución. Y no es una conducta exclusiva de la cúpula. Muchos (¡muchísimos!) párrocos, abates, presbíteros, capellanes, madres superioras, monjas y laicos comprometidos, han participado en una infame politización de las misas, bautizos, confirmaciones, clases de catecismo, primeras comuniones, matrimonios y hasta de la unción de los enfermos.

La CEV estuvo en primer plano del circo de la plaza Altamira, con toda aquella historia de las vírgenes que salían en procesión y que algunas doñitas de El Cafetal veían llorar lágrimas de sangre, de aceite, o vaya Dios a saber qué. Estuvo en el paro-sabotaje petrolero, ese tiempo en el que, incluso, se suspendió la Navidad y se caceroleó al Niño Jesús. Estuvo en la campaña para revocar al Comandante Chávez y en las falsas denuncia de fraude, luego del referendo. Ha estado en todas las campañas destinadas a destruir la fe (dicho sea en nomenclatura religiosa) en el voto y en las autoridades electorales.

Recopilar exhaustivamente los impasses de los líderes eclesiásticos con la Revolución implicaría hacer un libro del grueso de la Biblia, así que nos remitiremos a lo más resaltante. Uno de esos hitos puede  ubicarse en la reforma constitucional de 2007. Fue clave el rol de la Conferencia Episcopal en la derrota que sufrió el proyecto impulsado por el Presidente Chávez. El típico discurso anticomunista hizo efecto, no solo a través de una intensa campaña publicitaria (se recuerda mucho la cuña de una carnicería muy pequeña, cuyo dueño temía ser expropiado), sino también mediante la lluvia doctrinaria ordenada por  la jerarquía eclesiástica para ejecutarse desde los púlpitos y las aulas de la educación católica.
De hecho, fue uno de los brazos mediáticos de la Iglesia, la Universidad Católica Andrés Bello, la que asumió nuevamente el rol insurreccional, convirtiéndose en la plataforma de lanzamiento de una nueva generación de líderes de la derecha que intentó implantar los mecanismos de lucha compendiados por Gene Sharp en su Manual del golpe suave. Para atizar esos fuegos, se utilizó como punto de apoyo el cese de la concesión de RCTV. La Iglesia venezolana defendió con uñas y dientes a un canal que nunca había sido muy bendito, debido a su programación pecadora, pero ya sabemos que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, incluso para las almas inmaculadas de los prelados.
La antipatía (para no decir odio, porque ellos son puro amor) de los obispos por Chávez se mantuvo hasta la muerte del líder bolivariano y a menudo resulta obvio que la ha trascendido. Su identificación con cualquier opción (pacífica o no) que prometa cambiar de régimen ha sido pública y notoria después de la partida física del Comandante. Notables sacerdotes, incluyendo jerarcas de la CEV, han llegado al punto de bendecir las protestas violentas y alentar a los guarimberos armados de trabucos artesanales y bombas puputovs, a que fueran por más en aquellos meses desquiciados de 2014 y 2017.
Oscar Fortín, un politólogo y teólogo, ha opinado reiteradamente que el peor pecado de los obispos en estos capítulos sangrientos fue no elevar su voz para exigir a los líderes de la ultraderecha que pusieran freno a sus planes violentos. No criticaron ni siquiera los peores crímenes cometidos por manifestantes, como los degollamientos y los linchamientos con fuego.
Igual que los líderes laicos de la oposición, los antichavistas de sotana han tenido posturas contradictorias sobre el diálogo y las elecciones. Según el son que les toquen en el Norte, a veces apoyan las negociaciones con el gobierno y otras veces ayudan a hundirlas; en varias ocasiones se han sumado a los llamados abstencionistas del ala pirómana opositora y otras veces -cuando salen con las tablas en la cabeza- se presentan como creyentes devotos del voto, valga la cacofonía. Por esos vaivenes es difícil creerles, dicho sea sin propósitos heréticos.
Pero la parcialización a favor de la oposición no solo ha significado impartir bendiciones a la violencia y boicotear elecciones. La jerarquía católica -que ahora se postula como impoluta mediadora- ha pecado por acción o por omisión ante la guerra económica desatada por la burguesía endógena (reaccionaria o revolucionaria, que ese es otro asunto) y especialmente ante el bloqueo y las medidas coercitivas unilaterales de Estados Unidos, la Unión Europea y otros satélites y lacayos.

Cumpliendo a la perfección su rol de componente de la maquinaria opositora, los obispos han sostenido que las mal llamadas «sanciones» y el ilegal e inmoral bloqueo, van dirigidos a los funcionarios corruptos y violadores de derechos humanos, pretendiendo ignorar que matan gente inocente, hacen sufrir a niñas, niños, jóvenes, adultos mayores y enfermos de toda edad. Igual que los políticos paganos, los curas opositores declaran sobre las calamidades que sufre la población, como si el bloqueo y las represalias estadounidenses y europeas no existieran o no tuvieran nada que ver. Ante tal conducta habría que parafrasear al Cristo agónico y decir, ¡No los perdones, Señor, porque sí saben lo que hacen!
En fin, para no hacer demasiado largo este sermón, concluyamos que la Conferencia Episcopal tiene tanta cualidad para ser mediadora en el diálogo gobierno-oposición como la que podría tener cualquier otro enemigo histórico de la Revolución Bolivariana (la oligarquía colombiana, la «prensa libre» o la OEA de Almagro, para solo nombrar tres). Esto quiere decir: Ninguna cualidad, cero capacidad, nula condición para el equilibrio.
Dados los otros asuntos turbios (aparte de la politiquería) en los que suelen verse envueltos los monseñores, queda feo apelar a este refrán, pero vamos a hacerlo porque resume muy bien lo que puede pensarse de la propuesta mediadora del cardenal Porras: «Por más que se tongoneen, siempre se les verá el bojote».

Tributo especial en el Día del Periodista
El domingo, 27 de junio, Día Nacional del Periodista, recordé a un buen colega que nos dejó este año, Ernesto Fagúndez Ortega. “Flacúndez” –como le decía otro amigo, Pablito Quintero– fue clave en mi trayectoria profesional, me ofreció las primeras oportunidades para aprender a redactar y reportear en radio; me protegió de gente que pretendía bloquearme tempranamente los caminos (esos que nunca faltan); y, por si eso fuera poco, fue mi casero durante un tiempo. Inquieto, ingenioso, divertido, era un gran periodista, con el sello de la vieja escuela, tremendo jefe, atento compañero de trabajo y también (en otra época) de tragos y anécdotas. En esta fecha especial, te rindo tributo, querido amigo.

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