VEA / Ildegar Gil

No fue sino hasta este 11 de octubre cuando el alto gobierno colombiano se pronunció sobre la aberración de ¿canción? que el ¿artista? neogranadino J. Balvin dio a conocer el 8 de septiembre, a través de su cuenta en la red digital Twitter @JBalvin.

En una carta dada a conocer por el portal oficial ml.vicepresidencia.gov.co, la vicepresidenta y canciller, Marta Lucía Ramírez de Rincón, y la consejera presidencial para la Equidad de la Mujer, Gheidy Gallo Santos, cuestionan el tema, toda vez que «tiene directas y abiertas expresiones sexistas, racistas, machistas y misóginas, que vulneran los derechos
de las mujeres, comparándolas con un animal que se debe dominar y maltratar».

Ambas hacen hincapié en el desatino de emplear afrodescendientes en el desarrollo de la detestable producción, puesto que se trata de un sector con «grupos poblacionales de especial protección constitucional».

Admiten que el producto, combinado con otra agresión de género protagonizada por un extranjero en la ciudad de Medellín, «son graves, y ameritan acciones contundentes de respuesta, porque reproducen, incitan y justifican la violencia contra la mujer al promover la vulneración de sus derechos, la afectación a su dignidad y la normalización de posturas o imaginarios denigrantes que interiorizan, subvaloran y cosifican su cuerpo y las muestra como un objeto de propiedad de los hombres».

Entre las recomendaciones planteadas por las funcionarias, está la invitación «al cantante “J Balvin” y a la industria musical y discográfica, a suscribir un pacto que incluya diversos compromisos para la promoción de los derechos de las mujeres en la música y prevención de la violencia en su contra».

Sin embargo, la locura del sujeto ligado a la farándula banal, no parece ser un hecho aislado en el contexto de violencia de género en la nación andina. Se antoja, apenas, como una leve demostración del delicado estado de debilidad en el que se encuentra en Colombia la población femenina.

En noviembre de 2019, meses antes de la terrible aparición del Covid-19, la representante de ONU Mujeres, en Bogotá, Ana Güezmes, le ponía nombre y apellido a la situación: «Vemos a la violencia contra las mujeres como una pandemia», refirió, para argumentar seguidamente que la calificación partía de la magnitud de los hechos y de los «altísimos niveles de impunidad».

Todo indica que la apreciación de Güezmes tuvo serio fundamento. «De acuerdo al Registro Nacional de Información para la Unidad de Víctimas (RNI), hasta mayo del 2019 cerca de 26.534 mujeres fueron víctimas de delitos punibles como la libertad y la integridad sexual», publicó Telesur en nota titulada «Denuncian aumento de violencia contra la mujer en Colombia».

Algo más, de acuerdo a la fuente, «19 por ciento de las víctimas de violencia de género son de comunidades étnicas, afrocolombiana, raizal, y palenquera, mientras que el cinco por ciento son mujeres indígenas».  ¿Se parece al video Balvin?

Pero, por si fuera poco, la atmósfera sombría contra las mujeres colombianas ataca por otros costados. Resulta que hace un año, «poco más del 50 % de las mujeres en edad de trabajar está fuera de la fuerza laboral y las que tienen un empleo ganan un 27 % menos que los hombres», subrayó El País, citando el informe «Mujeres y hombres: Brechas de género en Colombia», elaborado por la citada ONU Mujeres, la Consejería Presidencial para la Mujer y el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE.

En torno al tema, «estudios realizados por la Facultad de Economía de la Universidad Icesi, de Cali, evidencian que las mujeres llegan a ganar entre un 25 % y un 33 % menos que los hombres», evidencia mujercoomeva.

Como era de suponer, la pandemia (ahora sí: la del Covid-19), complicó severamente el cuadro. El salto de un año en materia laboral fue alarmante. En 2019 era de 10,5 % y en 2020 mostró un más feo rostro de 15,9 %, según estudio del señalado DANE y de Quanta, organización que trabaja en pro de la equidad de género, publicado por razonpublica.com.

En la hermana República, el trasfondo de la polémica parece ir más allá de un infeliz tono musical.

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