Néstor Rivero Pérez

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El 15 de agosto de 1819 quedó sancionada la segunda Constitución de Venezuela, cuyos debates tuvieron como documento base el proyecto presentado por el Libertador Simón Bolívar, conjuntamente con su discurso del 15 de febrero de ese mismo año, en el acto de instalación de la magna corporación republicana. Por entonces el Padre de la Patria se encontraba finiquitando la Campaña de Nuevas Granada, tras haber vencido a los realistas en la Batalla de Boyacá dada la semana anterior.

 

De 1811 a 1819

La Constitución de 1811, cuyo mérito es el de haber dado nacimiento a Venezuela como República independiente, mantuvo su vigencia hasta el 25 de julio de 1812 cuando se firma la Capitulación de San Mateo y restaura el régimen colonial con Domingo de Monteverde. Durante la Segunda República, que en mucho se sostuvo dentro de los campamentos de la Campaña Admirable y la Guerra a Muerte, no tuvo Constitución formal, además el Libertador tenía poca simpatía por el modelo federal de 1811, por la debilidad de sus instituciones liberales. Y entre 1815 y 1817, salvo la isla de Margarita, no hubo territorio donde convocar un cuerpo constituyente. Este sería electo a fines de 1818 y se congregaría precisamente en Angostura al año siguiente.

Dos visiones

El Libertador y quienes le acompañaban en sus proyectos de estadista, como Francisco Antonio Zea, Fernando Peñalver y Juan Germán Roscio, no dejaban lugar a duda de su vocación de lucha contra la dominación española, difiriendo de quienes sostenían el liberalismo tajante a la usanza del modelo estadounidense. Este último concebía una extensa esfera de libertades del individuo, sin detenerse en circunstancias históricas como el grado de instrucción o la condición civil de la persona, o si se era esclavo y analfabeta, o plantador y esclavista. Los dilemas de orden social para nada preocupaban al liberalismo.

 

¿Quimeras de Bolívar?

Bolívar, inspirado en propuestas reformadoras como las del Conde de Volney y JJ Rousseau, enfrentados al viejo orden clerical y monárquico, concebía la organización del Estado y la nueva Constitución como oportunidad para la regeneración del cuerpo social. En su Discurso de Instalación destaca su propósito de proveer a la felicidad social, remontándose a “La República de Esparta, que parecía una invención quimérica, produjo más efectos reales que la obra ingeniosa de Solón. Gloria, virtud moral, y, por consiguiente, la felicidad nacional, fue el resultado de la legislación de Licurgo”. Y sin embargo, la idea de Bolívar de la Cámara Moral fue considerada impracticable por los miembros del Congreso, quienes pospusieron de forma indefinida el tema de la Cámara de la Educación.

Gran Colombia

La unión de Nueva Granada y Venezuela en un Estado único, y que había sido practicada por el Libertador y sus oficiales en el campamento, en medio de tiros y lanzazos frente al enemigo a ambos lados de la frontera, constituyó una de las principales peticiones del Libertador en su célebre Discurso del 15 de febrero. Distintos sectores se mantenían ajenos a este debate, no solo por causas de la guerra, sino por ausencia de una conciencia respecto a la edificación de un Estado que asegurase respetabilidad internacional. Y no obstante en Angostura se oyeron voces que postulaban la necesidad de unir a los dos pueblos, como la del diputado, de Casanare, José María Vergara, quien en sesión de julio de 1819, sostuvo “La unión de Nueva Granada y Venezuela (…) debe hacerse por medio de la expresa voluntad de los habitantes de ambos países, convencidos de la recíproca utilidad que debe resultarles”.

Sinóptico

1805

Juramento del Monte Sacro

Este día el joven Simón Bolívar, en presencia de su maestro Simón Rodríguez y su primo Fernando Rodríguez del Toro, juró solemnemente consagrar su existencia al propósito de romper las cadenas del poder español que oprimían a Venezuela.

El juramento implica devoción a un deber de altruismo y rectitud o una causa noble. Y se hace con solemnidad y formalidades que obligan a su cumplimiento. Quedan tres testimonios de la veracidad del juramento proferido en Roma por el joven Simón Bolívar.

Uno, dado por el mismo Libertador cuando desde Pativilca escribe en enero de 1824 a su viejo maestro Rodríguez, y le recuerda del compromiso de 1805, en tiempos en que todo parecía remoto por “la esperanza que no podíamos tener”.

El segundo momento fue la conversación que ese mismo año 1824 sostuvo Bolívar en Perú con el almirante Paldwin, quien lo recoge en escritos sobre su visita al héroe caraqueño.

Y la tercera evidencia la plasmó en libro, publicado en 1913, el escritor Fabio Lozano, de una conversación entre Manuel Uribe Ángel y el maestro Rodríguez. Tomás Polanco Alcántara escribe: “El juramento en Roma resulta de ese modo, no hecho accidental, simplemente emotivo, sino el necesario final…una idea que llevaba a un proyecto político (…) a la búsqueda de un ideal preciso”.

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