Crónica y noticias: Cuando prostitución se escribe en L

El negocio sexual es menos oculto día tras días en diversos sitios de Caracas, pero en la parroquia Santa Rosalía –motivo del presente estudio- tiene una enorme vidriera entre Curamichate, Viento y El Cristo, esquinas que vistas sobre un plano cualquiera asemejan a la duodécima letra del abecedario. Fotos Internet

VEA / Red de Investigación

“Estoy trabajando aquí”, dijo a un hombre de descolorida franela una menuda chica cuya edad no superaba los 23 años y dueña aún de cierta tonalidad infantil en la voz.
El “estoy trabajando aquí” lo acompañó con el extremo del dedo índice de su mano derecha, apuntando hacia el fondo de un hotel que de inmediato resalta por una señal que para hasta los y las más desprevenidas podría traducir “algo”: no muestra nombre alguno en su fachada, como suele ocurrir en cualquier establecimiento comercial. ¡Y mire que este lo es!
De ese diálogo, que a finales del año 2021 fluía con entera confianza, no logramos captar nada más, pues la prudencia indicó no presenciar lo que parecía ser un reencuentro entre proveedora y consumidor teniendo como punto de enlace el área trazada entre Curamichate y Viento, conocidas esquinas caraqueñas situadas a poca distancia de la extensa avenida Lecuna, muy cerca del Nuevo Circo, antiguo terminal de vehículos que van y vienen desde el estado Miranda.
“Me vine corriendo antes de que lloviera”, escuchamos decir a una mujer que, por su altura, largo cabello de color muy negro y cuidada silueta, resaltaba en el grupo de chicas que el frío martes 4 de enero se concentraban a las 10:00 de la mañana en la esquina El Cristo, al margen de la avenida Fuerzas Armadas, diagonal a la sede central del Cuerpo de Bomberos. Como la del diálogo anterior, también esta y sus escuchas se etiquetan fácilmente dentro de una tupida gama de venezolanas que a diario se exhiben en el intestino de “la ele”, letra que resulta de la topografía o plano conformado por las tres (3) esquinas indicadas.
Si bien es cierto que esta área de la parroquia Santa Rosalía se muestra como el “catálogo” fuerte de la “oferta”, indiscutiblemente sexual, también es verdad que aún sin calentar bien el sol se les visualiza “graneaditas” desde Velásquez, otro muy concurrido punto capitalino localizado a breves minutos.

Como es de suponer, no está definido un “modelo” entre ellas: se les distinguen claras diferencias en estatura, porte, color de tez, tipo de cabello, apariencia (por el tipo de anteojos que usan, hay quienes parecen consumadas lectoras; otras, deportistas, gracias al modelo de franela) y, por supuesto, la edad. Sobre este aspecto, sin temor alguno, se puede afirmar que unas pueden ser madres, hermanas o hijas de las otras como lo delatan no solo el tiempo plasmado en la piel de cada una de ellas, sino también hasta en los gestos y el matiz dado al vocabulario habitualmente usado.
“Yo creo que ellas son de las puertas amarillas. Tú sabes que como eso lo cerraron por la pandemia, ahora están en la calle”, indica un entrevistado, quien aclara que como “puertas amarillas” se conoce “al burdel que queda frente al Nuevo Circo”.
El usual peatón del sector adiciona un detalle que no deja de impactar: “Y cuando llega la tarde hasta ves menores de edad y creo que hasta chamos gays se están incorporando”.
Edificios familiares, comercios de diversos ramos, escuelas y economía informal son testigos de esta realidad evaluada por quienes –dada su cercanía física con la misma- emitieron sus apreciaciones bajo condición de asignarles seudónimos en señal de identificación.
Los testimonios de la psicóloga escolar Ylenia Estrada; del regente de varios cuartos, y de dos (2) de las muchachas, también quedaron plasmados en las líneas que siguen.

La crisis no me afecta
Tiene unos 29 años de edad. Es delgada y no pesa más de 50 kilogramos. Con frecuencia come de pie o sentada en la misma esquina. Es una de las primeras en llegar temprano a la esquina El Cristo, a escasos metros de la estación del BusCaracas y a una cuadra de la sede de Diario VEA.
Un día, al notar su buen humor y que –además- se encontraba desocupada, nos acercamos a ella. Llena de desconfianza, la joven de un metro y medio de estatura, con short muy corto y ceñido a su cuerpo, se levantó del escalón cuando nos dirigimos a ella. Al preguntarle cómo la ha afectado la crisis o guerra económica, sin respirar dos veces respondió: “Para nada. Con lo que hago puedo comprar y tener lo que quiero o me hace falta. Todo depende del día. Hay días muy buenos y otros que no se hace nada”.
Al proseguir dijo: “No me quejo. Hasta ahora me ha ido bien. Con lo que hago no daño ni perjudico a nadie y con mi vida puedo hacer lo que me venga en gana”, puntualizó dejando entrever que por cada cliente que lleva al hotel recibe un porcentaje.

Nada de bolívares
Más arriba, frente a una ferretería, se detiene una mujer pegadita de un poste, usando tapaboca. Siempre luce una licra negra y una franelilla de color muy llamativo.
Mide tal vez un metro 60 centímetros y su adicción es mantener el celular en la mano izquierda. Nos acercamos. Al principio muestra rostro de estar siempre enojada. Alega que es su carácter. “No tengo por qué estarle pelando el diente a todo el mundo. Yo vengo es a trabajar”, esgrime y en consecuencia evitamos invadir su intimidad pero preguntándole las condiciones del “servicio”.
-Son 10 dólares y además tú pagas el hotel. Nada de bolívares ni pago móvil o transferencia. Dólares en físico es mi condición y de las que estamos en esto- respondió tajantemente.

Angustias, menores y policías
Desde hace meses está ausente del perímetro que siempre la acogió. Madre de un niño y una niña, María relató que el ambiente siempre ha estado presente en la zona, lo que ha conllevado a una situación de alarma para las familias. Aseguró que llegar en horas de la noche a las residencias, del sector, se convierte en un acto peligroso.
A lo interno del hogar el desasosiego también hace de las suyas. Narró que en las madrugadas, desde los balcones, se pueden llegar a observar “riñas muy feas” que desatan los nervios de los más pequeños de la casa. “Nosotros, como padres, tratamos de evitar que se enteren de esas peleas”, indicó.
Estima que puede estar deteriorada la salud mental de quienes allí mercantilizan su cuerpo, por lo que requieren ayuda para abandonar ese modo de vida.
Estela tampoco es Estela pero evaluando el hecho, recuerda que las chicas comenzaron a verse con más profusión a plena luz del día desde el 2020, por la pandemia. Aunque asegura que la prostitución «siempre ha existido en todas partes», desde entonces se ha hecho común a cualquier hora en plena vía pública.
Asevera que «no se meten con los vecinos», pero sí protagonizan fuerte riñas entre ellas. También es frecuente que se generen discusiones y peleas entre los posibles clientes, quedando ello a la vista de las familias que presencian el espectáculo desde ventanas y balcones.
No recuerda que en momento alguno se haya formalizado diligencia policial, añadiendo que los últimos días, del pasado diciembre, hubo uniformados que en varias ocasiones procedieron a desalojarlas y a medianoche regresaban.

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En la esquina El Cristo se les observa de forma permanente.

La peleona ya no está
“En verdad con ellas no hay problema. La que era peleona ya no está, se fue. Con esa sí se formaban unas peleas grandes”, recuerda una de las comerciantes de los tantos establecimientos consolidados.
-Entonces ¿todo bien por acá?- preguntó Diario VEA
-Sí, dijo en voz muy baja
La misma actitud de reserva asumió un caballero abordado por este medio aprovechando la ausencia de clientes. “Nunca ha pasado nada. Ellas están desde temprano y cuando llega la noche se ven más. La policía las ve y no les dice nada. Casi siempre entran ahí”, sentencia mientras señala hacia un hotel que, a diferencia del primero, sí tiene nombre en la fachada: Cacique.

Una «nota» frente a la escuela

Entre Viento y Curamichate está la Unidad Educativa Nacional Bolivariana Luis Razetti. Al momento de la visita del equipo reporteril, un funcionario de guardia aseguró que el personal docente no se encontraba. Tampoco el directivo. Como suponíamos, él no accedió a contestar pregunta alguna.

Sin embargo, supimos que a diario un grupo de ellas se concentra frente al plantel. «Ya tienen tiempo por aquí. Sobre todo desde que cerraron las puertas amarillas», dijo alguien que -ante nuestra presencia- se mostró ganado a ofrecer algunos detalles. Su apreciación coincidió con la que plasmamos al inicio del presente trabajo.

«Las veo concentradas aquí. Hasta ahora no ha habido pelea pero dan un mal ejemplo. Lo bueno es que cuando ven que los chamos van saliendo empiezan a retirarse y regresan después», adicionó.

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Ylenia Estrada: Repercusión, organización y atención
A juicio de la psicóloga escolar Ylenia Estrada, el asunto repercute en niños, niñas y adolescentes que habitan en la zona o cursan estudios en planteles cercanos. Destacó que es una problemática delicada, puesto que se trata de “un fenómeno que parte del crimen organizado, es parte de la trata de personas”.
En conversación telefónica, señaló que “el problema es muy grave porque afecta a la sociedad en su conjunto”. Indicó que el nivel de afectación varía de persona a persona, y en el caso de los niños, las niñas y adolescentes está intrínsecamente relacionado a la calidad de educación que reciben en sus hogares, lo que les permitirá o no que “puedan identificar que estas muchachas están sometidas a una situación irregular de prostitución”.
Ante ello, resaltó la importancia de los consejos comunales y de las comunas para comenzar una investigación junto con las autoridades de los colegios para acudir a los organismos oficiales y exponer la visión del problema.
“No es igual cuando yo voy sola y denuncio, tiene mucho más peso cuando la comunidad dice ‘aquí tenemos una situación que nos está afectando porque pone en riesgo a los jóvenes de la comunidad’”, refirió.

La tarea de la recuperación
Estrada precisó que el problema va más allá de cómo puede repercutir la mercantilización pública de los servicios sexuales en la zona, pues sus protagonistas también están expuestas al maltrato físico y emocional. “Uno podría pensar que las muchachas podrían ser captadas y cuando las mujeres son captadas por estos proxenetas son sometidas a una situación de violencia extrema, son aisladas de la familia, son sometidas a un proceso de despersonalización”.
Para la psicóloga, el ser sometida a la prostitución “la persona queda separada de su condición humana, se convierte en un objeto”. Añadió que, en muchos casos, el llamado cliente “no acude para satisfacer el placer sexual en sí, sino por el maltrato al que puede someter a la persona, porque también son individuos que no están sanos porque de serlo no buscarían a una mujer que está en una situación tan difícil”.
Ante esta perspectiva, plantea que el Estado tiene que abordar esta situación, apartando a quienes son explotadas sexualmente “y apoyarlas con un proceso de recuperación antes de que sea demasiado tarde”.
“Es importante que los organismos de Seguridad intervengan porque hay que proteger a la familia del entorno, pero también hay que proteger a esas muchachas, hay que tratar de recuperarlas y además, hacer una investigación que permita saber quiénes están detrás de todo eso, porque la prostitución debe ser abordada desde la idea de crimen organizado y trata de personas”, señaló.
Precisó que la vida que llevan estas mujeres “puede llevarlas a la muerte, a la drogadicción, a la locura”, puesto que el maltrato al que están sometidas es severo y constante, generando “trastornos y problemas de salud que no son atendidos”.

No obligamos a nadie
A quien identificaremos como J. Enrique es jubilado como inspector jefe de la extinta Policía Metropolitana. Su experiencia laboral le permitió conocer a fondo el ámbito de la prostitución, tanto en las calles de manera independiente -ejercida por mujeres individualmente- o dentro de conocidos burdeles de Caracas.
Aunque junto con otra persona subarrienda un local ubicado fuera de nuestra parábola de estudio, suponemos que su teoría –como lo es la práctica- en torno al tema debe ser similar al de quienes, en caso de existir, no muestran el rostro en Santa Rosalía.
Explica que su vínculo es con 13 mujeres. “Cada una percibe entre 30 y 40 dólares diarios. Y todas tienen los mismos deberes y derechos que el resto de las personas. La cuestión es que a través de este oficio obtienen dinero para resolver sus obligaciones económicas”.
Aclara y reitera que no es proxeneta. “Aquí alquilamos las habitaciones para que las mujeres realicen lo que tengan que hacer. Esa es nuestra función. Ni somos jefes de nadie y no obligamos a nadie a hacer algo contra su voluntad. Simplemente es algo donde ellas ganan y nosotros ganamos”.
-¿Qué opina usted de la trata de personas?
-Eso sí es un delito. Cuando tú tomas a una persona y la obligas a una actividad sexual para obtener un lucro, definitivamente es un delito. Sin embargo, cuando una persona desea realizar una actividad o hacer algo que le resuelva el día a día, ese es su peo. Aquí solo alquilamos la habitación o como también le dicen matadero y de allí generan las ganancias, por llamarlo de alguna manera.
Agrega que cumple con lo previsto en la ley desde lo sanitario hasta el pago de impuestos municipales.
-¿Quiénes velan por la seguridad de esas 13 mujeres?
-Sí hay seguridad. Ellas son jóvenes que no se dejan atropellar por nadie. Son personas que la vida les enseñó a defenderse y responder ante cualquier acto de agresión. Nunca ha ocurrido algún hecho de violencia ni de amenaza contra ellas.
Aconseja no involucrarse con “personas que estén en plena vía pública, ya que no es lo mismo establecer una relación en plena calle que hacerlo en un local que funciona de acuerdo a las normativas legales y salubridad”.
Asegura que hay chicas que se han ido han conformado una familia, pareja estable, y emprendido una vida completamente diferente, mientras que otras ni remotamente así lo desean.

2 pensamientos sobre “Crónica y noticias: Cuando prostitución se escribe en L

  1. 👏🏽👏🏽👏🏽¡Qué bueno que lo visibilicen! Quienes vivimos en La Florida experimentamos una situación similar, es un tema complejo que tiene muchas otras aristas posibles, además de ser el “oficio más viejo del mundo”: trata de personas, tráfico de drogas, complicidad con el hampa común; es hasta un problema de salud pública, porque su lugar de trabajo es la calle y por supuesto allí también es su baño, basurero, comedor-bar, sala de reuniones y ring de boxeo…

    Si llamas a la policía sólo las pueden retener en la comisaría unas horas para luego soltarlas y cuando esto sucede muchas veces ellas deciden pagarle a los funcionarios para que las dejen tranquilas.

    Todo el mundo sabe que la prostitución es una actividad de muchos años en Caracas y en el mundo, pero estoy segura de que tanto los residentes de Santa Rosalía, como los de La Florida y de cualquier lugar donde existe esta problemática, sólo queremos poder vivir tranquilos.
    Yo creo que la solución es limitar esta actividad a una zona de tolerancia para que quienes decidan dedicarse a este oficio, lo hagan en condiciones mínimas de salubridad y lejos de escuelas y zonas residenciales.

    Si existen ordenanzas que prohíben el expendio de bebidas alcoholicas cerca de instituciones educativas, quizás pueda haber una similar para la práctica de la prostitución.

    Gracias Diario Vea

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