Divisas y rebrote inflacionario

El punto de encuentro de la oferta y la demanda en ese mercado se asemeja a una meta volante en un clásico ciclístico: cada día el valor del dólar se aleja del punto donde estaba el día anterior

El entorno cambiario venezolano está en un sempiterno desequilibrio por razones estructurales. Secularmente se requieren más divisas para mantener las actividades cotidianas, que las divisas generadas. Somos el país más sediento de medios de cambio internacional en este hemisferio.

El punto de encuentro de la oferta y la demanda en ese mercado se asemeja a una meta volante en un clásico ciclístico: Cada día el valor del dólar se aleja del punto donde estaba el día anterior. Afortunadamente, el BCV mantiene un mecanismo de subastas desde noviembre de 2018, cuyos resultados presentan el comportamiento típico del llamado crawling peg: Cambios sucesivos y moderados. Todos los venezolanos tenemos en mente el monto de varios tipos referenciales: El dólar BCV, el paralelo, el valor BCV del euro y un tipo de cripto.

La explicación de esa arquitectura tiene su raíz en los tiempos en que las carabelas invasoras trasmutaron en galeones que transitaban con las importaciones trocadas por los bienes de la fructuosa agricultura y ganadería propia de la colonización. Las innumerables variedades de papa que aplacaron el hambre en el territorio de quienes nos ocuparon, salieron de Abya Yala, así como el cacao, el ají y el pimiento, tan gustados en la cocina mediterránea, aunque los bienes exportables fueron café, cacao, azúcar, añil, tabaco, cuero y carne de ganado. De modo que la inclinación por lo hecho afuera, está en nuestro ADN de pueblo, desde hace unos 500 años.

La independencia política de la corona española no estuvo acompañada por la independencia de nuestro aparato generador de bienes. Continuamos viviendo del papel primario exportador. En medio de un sinfín de extenuantes guerras intestinas, el intercambio de puertos trasmutó del galeón a los tanqueros y a los buques de carga.

El siglo XX nos dio acceso, bajo el yugo neocolonial, a la efímera riqueza por extraer y procesar la sustancia brotada milenariamente de las rocas. Los pueblos originarios le dieron nobles usos medicinales y prácticos, como la iluminación y el calafateo de viviendas y canoas. Incluso auxiliaron a las embarcaciones del conquistador, y hasta las coyunturas del monarca enemigo aliviaron sus pesares con la brea natural de nuestros territorios.

La parsimoniosa cotidianeidad campestre asociada al cultivo de la tierra se rompió, dando paso al ruidoso trajín citadino devenido por los nuevos usos dados al mene, propios de industrias más rentables, iniciando con kerosene para iluminar y asfalto para las calles de los centros de poder.

El ingreso por exportaciones petroleras desplazó lenta y sostenidamente los rubros agrícolas como medios de intercambio, por los bienes de sustento socialmente necesarios. En el segundo decenio del siglo XXI, el 100 % de los bienes se importaban por la paradójica condición rentística que inhibe la elaboración nacional: Importamos lo necesario porque dejamos de producirlo, pero no lo elaboramos internamente porque lo importamos. Allí nace la explicación del huidizo y oscilante tipo de cambio.

Nos acostumbramos a demandar afuera bienes con valor de hasta 50 mil millones de dólares al año y a ser exportadores netos de capital. Esa es la fuerza intermitente que nos otorgan los ingresos petroleros. Cuando los ingresos por exportación, en su vaivén, cayeron una vez más al piso en 2014, debido a la orden ejecutiva de Obama, redescubrimos que internamente generábamos lo necesario, tal como en la lacónica Venezuela primaria exportadora.

Redescubrimos que el maíz y las caraotas que traíamos de Tennessee, en tiempos prepetroleros los cultivábamos en Yaracuy; que los pollos congelados y el azúcar morena importados de Porto Santo, en Brasil, los engordaban nuestros empresarios en granjas dispersas por el país y molíamos la caña dulce en centrales azucareros heredados del pasado colonial.

Así, la resiliencia del pueblo venezolano superó sabiamente el artero golpe a la yugular de nuestro modo de vida, dado por los inquilinos de la Casa Blanca. Pero esa reacción, con nuestro PIB creciendo sostenidamente, a pesar del mermado ingreso petrolero, no lo soportaron en el Pentágono.

Donald Trump, el más desquiciado de los presidentes estadounidenses, decidió adueñarse de nuestros ingresos por exportación de petróleo de la manera piratesca más burda. Los desaparecieron desde la agresión militar continuada del maligno trío Trump-Rubio-Hegseth. Los vienen colocando en una cuenta del Tesoro estadounidense, mediante la orden ejecutiva 14373. Ya esos ingresos habían disminuido por obra y gracia de la Orden Ejecutiva 13692, firmada por el presidente Barack Obama el 8 de marzo de 2015.

En la narrativa política y la propaganda subliminal, nos bombardean omitiendo esas restricciones y promoviendo la vida cotidiana como si recibiéramos el 100 % de los ingresos por venta de petróleo a precios inusitados. Con esa vara inducen a venezolanos confundidos a juzgar las políticas gubernamentales que se aplican a la realidad compleja, afectada por la decreciente disponibilidad de divisas.

Trataré de describir algunos elementos que explican el fenómeno. No pretendo dar recetas de solución para un mal tan habitual, al cual cada quien le da respuesta particular. Me preocupa, eso sí, que el más afectado es el bolsillo del humilde trabajador, que sirve de amortiguador al devastador deterioro del poder de compra de sus menguantes ingresos.

Keynes (1936) nos enseñó que la demanda de dinero obedece a tres motivos: Transacción, precaución y especulación. Al trasladar esa lógica al área cambiaria, dinero con capacidad de compra en el extranjero, tenemos que por motivos transaccionales demandamos divisas para las importaciones; por motivos de precaución, demandamos divisas como refugio de valor para conservar lo más posible el poder de compra de nuestros ingresos particulares; y por motivos especulativos tenemos el dólar paralelo, criminal, a donde acude el ciudadano por los motivos anteriores, para comprar lo que el vendedor de esas divisas ofrece, porque obtiene un margen de ganancia por solo poseerlas.

Así se entiende porqué, al estrangular los ingresos petroleros, la precaución y la especulación se convierten en un remolino que licúa el bolívar sin pausa. Para detener esa lógica, se requiere alcanzar el punto de equilibrio entre oferta y demanda. Esto es, la indexación ideal es mantener un tipo de cambio estable en el tiempo.

Dado el actual sistema de subasta en mesas de cambio bancarias, ese objetivo se logra por dos vías separadas en el tiempo: Aumentar el ingreso de divisas a la velocidad en la que crece la demanda (respuesta coyuntural), o disminuir las importaciones mediante sustitución estratégica y atenuar las otras expectativas (respuesta estructural).

Me refiero a lo estructural como aquellos elementos que durante 100 años transformaron la economía venezolana haciéndola totalmente dependiente del ingreso del petróleo. Esa inercia no se cambia con medidas de corto plazo en un lapso de 12 años de restricción total. Para lograr un cambio que revierta tan malsana situación, debe hacerse una transformación profunda de los paradigmas utilizados para proveer los bienes de sustento de nuestra forma de vida. Es decir, debemos rehacer los cimientos mismos del quehacer generador de riqueza. Fácil decirlo, pero es tarea de verdaderos estadistas.

La realidad de nuestra política cambiaria apunta al tratamiento coyuntural: Se busca atenuar el problema con herramientas que impactan elementos superficiales. La apuesta más importante parece ser la esperanza de que se abra la represa de recursos desperdigados en el sistema financiero y jurídico externo (oro en Inglaterra, DEG en el FMI, cuentas congeladas en la banca internacional, utilidades represadas en la contabilidad de activos de la República) para alcanzar un precario equilibrio en nuestro sector externo. Pero ese propósito en el campo de lo ideal seguirá siendo una solución parcial y transitoria. ¿Qué ocurrirá cuando se agoten esos casi 30 mil millones de dólares?

Coincidiendo con la desaparición física del Comandante Hugo Chávez el 5 de marzo de 2013, las reservas internacionales de Venezuela montaban aproximadamente 27 mil millones de dólares. Las cifras macroeconómicas publicadas por el BCV dan cuenta de que se aplicaron a razón de 60 millones de dólares diarios en una línea descendente, hasta los 6 mil millones de reservas internacionales críticas, con el objetivo de mantener el ritmo de importaciones y otras aplicaciones de las divisas, manteniendo activa la vida económica de la nación. Sin embargo, la estructura económica respondió con el peor de los síntomas: Conocimos la hiperinflación, índices de precios de tres dígitos anuales.

Llegado 2018, el plan antiinflacionario denominado Agenda Económica Bolivariana dio en el clavo: La unificación cambiaria y la fijación de un tipo de cambio referencial diario y público. Sin embargo, el plan se mantuvo en el estrato coyuntural, con efectos muy positivos de éxito inmediato. Es un plan heterodoxo vigente, cuyos efectos exitosos culminaron en un rebrote inflacionario a partir de septiembre de 2025.

Pienso que el plan de ajuste se quedó a medio camino entre una suerte de culto al libre intercambio y la inactividad estatal. La inacción en materia de política financiera local empuja los resultados en sentido contrario al esperado: Se azuza la demanda de divisas con la indexación generalizada, desde el pasaje de autobús hasta el ingreso integral, y se alienta a un “mercado” al detal, con la libertad absoluta en la fijación de precios de los productos de primera necesidad.

Lo publicitaron como “efecto bodegón”, ya que se llenaron instantáneamente los anaqueles, pero con productos importados. No se ha profundizado en las cadenas de suministro el efecto multiplicador de la demanda de bienes de consumo y bienes salario. Ergo, se incentivó la demanda de divisas en sus tres motivaciones. A la unificación le continuó el ensanchamiento de la brecha llamada diferencial cambiario, que es el tramo a pagar por transar fuera del tipo referencial.

A una política de contención temporal de las consecuencias del exceso de demanda de divisas, se agregan otros dos alicientes al crecimiento de la brecha entre el marcador de referencia del BCV y el tipo de cambio paralelo: La inflación autoconstruida y la inflación inercial. Son dos incentivos racionales a la subida de precios, pero no conscientes, que se generan en el comportamiento del comerciante que anticipa con creces las diarias subidas de la divisa.

En ese sentido, el comerciante importador sube un poco más los precios, anticipando un aumento de la demanda de bolívares para obtener los dólares necesarios para reponer inventarios. Todos sabemos que el 100 % del costo de los productos y la mayoría de los servicios no se pagan en dólares, pero el comerciante importador tiene licencia para subir linealmente el precio, de acuerdo con la subida del tipo de cambio, y lo traslada en la cadena comercial hasta el minorista. El minorista, además, trata de vender anticipando el incremento semanal acumulado, porque el distribuidor y el mayorista alegan que el importador le vende al tipo de cambio vigente el día de la reposición. Entonces, el efecto bodegón aceleró la demanda de divisas.

He allí la estampa de la espiral inflacionaria. Más exactamente, el rebrote inflacionario que nos ha regresado a niveles de hiperinflación, cuyo combustible es el comportamiento del tipo de cambio derivado del represamiento de los ingresos por la orden ejecutiva del señor Trump.

Por primera vez en un siglo de país petrolero, Venezuela no disfruta del auge de precios del crudo originado por la agresión de EEUU e Israel contra Irán y el consecuente cierre del estrecho de Ormuz. Los ingresos incrementales y los recurrentes, reposan en una cuenta del Tesoro gringo, denominada “Ingresos de Gobiernos Extranjeros”. Ingresos requeridos para mantener la lógica alcanzada hasta septiembre de 2025, cuando se inició el segundo bloqueo naval en 124 años.

En 1902, hundieron la docena de barcos de la flota naval venezolana, no con la intención de cobrar la deuda con los europeos. De haber sido ese el motivo, nos confiscan la flota. Más bien lograron inhibir cualquier respuesta al robo del territorio panameño donde construyeron el canal. En aquel entonces embargaron los derechos aduanales. Hoy nos arrebatan el crudo y los ingresos correspondientes, disminuyendo así la oferta de divisas demandadas por los ciudadanos, las empresas y el propio gobierno para sus operaciones cotidianas.

Si todo el fenómeno quedara en sus efectos sobre las aduanas, tal vez no sería tan pernicioso. Pero el llamado en la literatura efecto pass-through del tipo de cambio sobre el índice de precios en Venezuela tiene un comportamiento 1 a 1. En el acervo investigativo de una de nuestras más reputadas universidades, reposan los estudios que demuestran que existe una correlación directa perfecta entre el comportamiento del tipo de cambio y el índice de precios al consumidor: La demostración estadística de que a cada subida porcentual del tipo de cambio, le corresponde un movimiento en la misma dirección en el nivel de precios.

Las causas de esos cambios se explican por los motivos ya señalados de la demanda de divisas. Pero en la actualidad, las divisas adquiridas por motivo de precaución, para preservar el poder de compra de los ingresos, han aumentado; crecen las microtransacciones mediante las cuales se pospone en moneda extranjera una porción del poder adquisitivo de los bolívares tan pronto se reciben.

Los ciudadanos usan plataformas electrónicas, participan en subastas de los bancos autorizados y compran en efectivo a tipos de cambio especulativos. Aquí se retroalimentan dos de las motivaciones para solicitar divisas, distintas a las transacciones para reponer inventarios. Se crea un círculo vicioso: Cambiar bolívares por dólares para poder comprar con posterioridad, pero esa demanda adicional presiona el tipo de cambio y disminuye el poder de compra del bolívar en el futuro. Esa licuadora no se detiene.

Además, el BCV, las casas de cambio y el resto del sistema financiero, restringen los montos de intercambio en una especie de ancla de la demanda de divisas, indexan las cuotas de los préstamos y mantienen congelado el encaje legal. Otra respuesta monetarista a un problema estructural.

Estos años de carencias extremas, que dibujan una línea recta en la función de ingresos externos que antes mostraba una sinuosa curva de altos y bajos, deben enseñarnos a combinar las herramientas de política macroeconómica. Si la aparente inmovilidad de las autoridades económicas no obedece a un culto cerrado a las soluciones de intercambio sin control, entonces cabe esperar que se introduzcan incentivos veraces a lo hecho en Venezuela.

Toda transformación económica parte de la aplicación a lo interno de los recursos abundantes de esa economía. China, en la reforma de los años ’80, apostó a la mano de obra abundante y barata. Ese no es nuestro caso. Siendo el salario aquel ingreso que permite reponer y reproducir la fuerza de trabajo, y observando los altos índices de demanda de divisas de nuestro pueblo, eso indica que los ingresos de subsistencia son elevados también. Entonces, el recurso abundante y barato es la disponibilidad de recursos energéticos y mineros, no la mano de obra, que es abundante y muy calificada.

Sobre la base de esos recursos abundantes, pueden incentivarse las cadenas productivas. Por ejemplo, especies asfalténicas a flor de tierra pueden alimentar una industria poderosa de insumos para carreteras y construcción de viviendas, capaces de generar los altos ingresos de la población y sustituir importaciones. Naftas medianas y livianas para incentivar la industria de solventes, esmaltes y rubros de recubrimiento que pueden alimentar emprendimientos a lo largo y ancho de uno de los sistemas de refinación nacional más amplios en manos de una sola empresa; sector capaz de cancelar altos ingresos con orientación extensiva en mano de obra y que puede abrir un espacio de oferta regional. Capacidad de equipos y conocimiento de refinación que puede reciclar distintos productos plásticos que están en nuestros vertederos, transformables mediante pirólisis con emisiones controladas, más allá del molido que acostumbramos ver en las comunidades. La chatarra que estamos exportando indiscriminadamente, es un valiosísimo insumo para producir palanquillas exportables, con precios internacionales por encima de 500 $/tn y no los 130 $/tn que entran por sacar la chatarra ferrosa cortada y limpiada.

La respuesta estructural es una política agresiva de sustitución estratégica de importaciones, que ahorran divisas, es decir, disminuyen la presión sobre el tipo de cambio y de promoción de exportaciones estratégicas, que traen divisas con el impacto positivo en ese ámbito. Estos programas deben convertirse en metas que maneje la población. El incentivo al emprendimiento debe ponerse pantalones largos para darle la justa posición que la mano de obra altamente calificada venezolana ofrece al desarrollo económico.

Fomentemos la recomposición de las cadenas de generación de bienes, con efectos más profundos y permanentes en el empleo y los ingresos de la población. El Ejecutivo puede rescatar también las buenas prácticas del fomento industrial y trascender también el paradigma del financiamiento al emprendimiento.

Sin apoyo técnico, sin apoyo en bienes de capital, sin acompañamiento sostenible de precios y compra programada por el Estado, sin una verdadera política fiscal que sacrifique ingreso inmediato en función del progreso subsecuente, todo emprendimiento se queda en la fase bodegón y el 80 % fenece antes del quinto año de vida. Porque emprender no es solo cuestión de crédito: Es cuestión de suelo fértil, y ese suelo lo abona o lo esteriliza la acción consciente del Estado.

El autor es economista

2 COMENTARIOS

  1. Considero que la falta de información al pueblo ha sido una causa primordial en el manejo de nuestros recursos ya que estamos siendo sometidos por un país capitalista capaz de llegar a límites extremos para lograr sus objetivos ya que están apoderándose de nuestro petróleo y administrando nuestras riquezas al congelar nuestros bienes y al oprimir nuestra economía. Deberíamos crear un equipo interno que vigilara y creara estructuras económicas para el manejo de nuestros productos y volver a implantar la calidad del mismo como la antigua Norven que velaba porque así fuera. Pido disculpas de antemano porque no tengo esa preparación pero considero que una buena intención tiene sus frutos. Gracias por la oportunidad de expresarme y participar en este proyecto

  2. Miriam, gracias por tu opinión y acertadas afirmaciones. Cómo dijo la Presidenta encargada, nos enfrentamos a una potencia nuclear. Pero eso no debe disminuirnos como país. La dignidad por delante y con paciencia estratégica debemos prepararnos para dar respuestas prácticas como las que propones. Las normas Convenin están vigentes y el ministerio de Comercio las administra. En petróleo igual. Min.Hidrocarburos tiene organismos para controlar la calidad de esos productos. Avancemos, siempre habrá luz al final del túnel

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