5 de marzo: El día en que Chávez se hizo inmortal

Chávez no aró en el mar, porque aquel pueblo, con su dolor en carne viva, repetía también, y hablaba de la unidad. Recordaban en sus conversaciones que eso era lo que, más que nunca, iba a necesitar Venezuela para que la Revolución Bolivariana siguiera existiendo.

(Tomado del libro Venezuela siempre grande de la periodista Yuleidys Hernández Toledo)

Yuleidys Hernández Toledo

A comienzos de marzo de 2013, Venezuela sabía que ese año sería muy duro para ella, pues su hijo predilecto de las últimas décadas estaba a punto de culminar su tránsito por su noble tierra. Conectada a su llanero, a su barinés como lo estuvo desde aquel 28 de julio de 1954, el día de su nacimiento, para ella era imposible no darse cuenta de que la vida de su Gigante se estaba apagando. Al igual que él, la Patria se aferraba a un milagro, ella no dejaba de rogar a Dios, a la Madre Tierra, por él, por su sanación. Una acción que ella sabía que repetían millones de venezolanos y venezolanas que lo amaban, y estaba segura de que lo mismo hacían miles en el mundo.

El 18 de febrero de aquel 2013, la Patria se llenó de alegría con la llegada del Gigante a las 2:30 de la mañana. Su vuelo aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, estado La Guaira, venía de La Habana, Cuba, donde el 11 de diciembre de 2012 había sido vuelto a intervenir quirúrgicamente en su lucha contra el cáncer.

Fue el mismo Chávez quien ese 18 de febrero anunció al pueblo la buena noticia de su regreso. Lo hizo a través de su cuenta tuiter @Chavezcandanga, en la que desde las 4:12 de la mañana escribió tres mensajes. El primero de ellos: “Hemos llegado de nuevo a la Patria venezolana. Gracias Dios mío!! Gracias Pueblo amado!! Aquí continuaremos el tratamiento”. En el segundo: “Gracias a Fidel, a Raúl, y a toda Cuba!! Gracias a Venezuela por tanto amor!!!”.  Y en el último, publicado a las 4:14 de la madrugada, exclamaba: “Sigo aferrado a Cristo y confiado en mis médicos y enfermeras. Hasta la victoria siempre!! Viviremos y venceremos!!!”.

Venezuela estaba desbordada de alegría, lloraba de felicidad. Su Guerrero había regresado. Por su parte, tras el anuncio, el pueblo comenzó a congregarse a tempranas horas de la mañana en la Plaza Bolívar de Caracas, que se inundó de amor. Los presentes llevaban pancartas con la imagen de Chávez, otros ondeaban banderas, pero a todos los unía el mismo cariño por el Líder revolucionario, la consigna era también una sola: “Volvió, volvió, volvió”. Un canto que se hizo histórico aquel 13 de abril de 2002 para celebrar el regreso del Comandante de las garras golpistas; el lunes 18 de febrero, plasmaba el regreso de un hombre que venía de dar una nueva batalla contra una terrible enfermedad.

Miles de revolucionarios con sus franelas rojas, con sus caras pintadas con la bandera nacional, se congregaron en las afueras del Hospital Militar Doctor Carlos Arvelo, de Caracas, donde fue recluido el barinés para continuar su tratamiento. Hasta allá fueron miles a gritarle a viva voz que lo amaban, que estaban felices con su regreso. Ahí, en ese hospital que gracias al Gigante ya no solo atendía militares, sino al pueblo todo, la gente bailó, festejó y oró por la pronta recuperación del ser que un 4 de febrero de 1992 devolvió la esperanza a un país.

Allá en aquel hospital junto con Chávez y sus familiares estuvieron los entonces: vicepresidente de la República, Nicolás Maduro, y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello.

El hospital Doctor Carlos Arvelo se convirtió desde ese día, 18 de febrero, en un lugar concurrido por el pueblo; iban a expresarle su amor al Gigante así no pudiesen verlo.

Tres días después de su regreso, el entonces ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información, Ernesto Villegas, informó que la insuficiencia respiratoria surgida luego de la operación a la que fue sometido Chávez en Cuba “persiste y su tendencia no ha sido favorable, por lo cual continúa siendo tratada”, al tiempo que describió que el Gigante se mantenía en comunicación con sus familiares y con el equipo político de Gobierno, refirió Ciudad CCS.

Venezuela y gran parte de sus hijos, de buenos sentimientos, clamaban por un milagro que sanara a Chávez. Pasaban los días y el eterno soldado seguía dando la batalla contra la enfermedad mientras, a la par, continuaba trabajando por su pueblo; sus mensajes eran transmitidos por el vicepresidente Nicolás Maduro. De hecho, este informó el 23 de febrero, que la cánula traqueal que usaba el Comandante “no le impide a él dar orientaciones, comunicarnos por vía escrita y por distintas vías que permiten que él nos dé las orientaciones y las órdenes sobre cada uno de los temas”, citó, entonces, Ciudad CCS.

La patria veía pasar los días y su angustia crecía, ella sabía que él estaba dando una dura batalla; su más grande sueño era verlo vencer una vez más, así como tantas veces derrotó al imperialismo. Ella, la patria, la que lo vio nacer en aquel suelo barinés, lo mantenía protegido y acurrucado en su enorme corazón, le transmitía ánimo, estaba con él de día y de noche. No lo abandonaba.

Y mientras tanto sus seguidores, su pueblo, no dejaba de congregarse a las afueras del hospital Doctor Carlos Arvelo para acompañar al Gigante, para orar por su recuperación. El viernes 1 de marzo, Maduro, acompañado por el tren ministerial y de María Gabriela Chávez, una de las hijas mayores del Comandante, inauguró la capilla La Esperanza en el centro de salud. La obra se construyó a solicitud del poder popular, refirió Ciudad CCS.

Tres días después el ministro Villegas, en su rol de jefe de la cartera de Comunicación e Información, daba una triste noticia al país, Chávez presentaba un “empeoramiento de la función respiratoria”; agregaba, leyendo un comunicado, que “actualmente presenta una nueva y severa infección”, citaba Ciudad CCS.

Con ese escenario tan doloroso llegó el 5 de marzo, un día de mucho dolor para Venezuela y también para los amigos de la Revolución Bolivariana en el mundo, que son millones.

Esta autora, trabajaba por aquel entonces como periodista de política y la fuente presidencial en Ciudad CCS. Ese día, cerca de las 10:00 de la mañana tocó ir a las afueras del hospital Militar Carlos Arvelo, desde donde el 26 de febrero el Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, realizaba unas jornadas de punto de acompañamiento del pueblo venezolano a Chávez, eventos caracterizados por una serie de actividades que consistían en bailoterapia, actos culturales y deportivos; sin embargo la alegría no se respiraba ese día en las afueras del centro de salud, estas actividades no se realizaban, quienes andaban en el sector se les veía cabizbajo, y no era para menos, el líder mundial estaba mal, y el pueblo solo tenía fuerzas para orar y pedir su sanación.

Recorrí la zona alrededor de 30 minutos, y recuerdo haber visto mujeres, hombres, niños, niñas pidiendo a Dios que sanara a Chávez. Con los ojos aguados me fui a la sede de Ciudad CCS, ubicada en el antiguo Cine Rialto, en la Plaza Bolívar de Caracas. Estaba previsto que el vicepresidente Nicolás Maduro hablara luego de sostener una reunión político-militar en el Palacio de Miraflores.

Como se esperaba, Maduro se pronunció y anunció la expulsión de los agregados aéreos de la embajada de Estados Unidos en Venezuela, entre ellos a David del Mónaco por emprender actos de conspiración de carácter militar. Ese mismo día, de manera firme, denunció que debido a la delicada situación de salud que atravesaba el Comandante Hugo Chávez Frías la derecha nacional e internacional, especialmente la de EEUU, “ha decidido activar planes para la desestabilización global de la sociedad venezolana”.

Logré procesar la nota, pero creo que al igual que miles, mi mente estaba en Chávez, oraba por un milagro. En horas de la tarde, pasadas las 4:00 de la tarde, salió Maduro, su cara era de dolor. En el periódico se hizo un absoluto silencio, algunos se pararon a los lados de uno de los televisores de la sala de redacción, otros lo escuchaban sentados, y al igual que el mundo, por aquella cadena nos enteramos que Hugo Chávez Frías, ese gigante que se entregó a su pueblo, había fallecido, aquel martes 5 de marzo, a las 4:25 de la tarde.

“Llegamos al Hospital Militar de Caracas a seguir la situación del Presidente y recibimos la información más dura y trágica que podamos transmitir a nuestro pueblo. A las 4:25 de la tarde, ha fallecido el Comandante Presidente Hugo Chávez, luego de batallar duramente con una enfermedad”, dijo Maduro lleno de dolor, la tristeza estaba marcada en su rostro. Sus palabras quedaron plasmadas en una edición extra que publicó Ciudad CCS la tarde de ese día.

El silencio en la redacción fue casi absoluto por unos minutos, varios no contuvieron las lágrimas. Algunos de los jefes tomó la batuta y comenzó a asignar las pautas. Recuerdo, que me encomendaron ir de nuevo al hospital militar Dr Carlos Arvelo. Salimos varios en un mismo vehículo a diversas rutas. Apenas al salir del diario, en la Plaza Bolívar, presenciamos a decenas de personas llorar; “la esquina caliente” estaba en silencio. La tristeza embargaba a un pueblo.

Para llegar al Hospital Militar tuvimos que sortear diversas colas. No éramos los únicos que íbamos a ese destino, el pueblo marchaba hasta allá a mostrarle su amor a Chávez. De hecho, junto con  Fausto Torrealba, el fotógrafo que había sido asignado a la pauta conmigo, caminamos gran parte de la ruta, pues una marea de pueblo impedía el acceso de los vehículos.

El pueblo lloraba, le parecía injusto que un hombre valiente, joven, luchador, que trabajó para darle prosperidad a millones, hubiese perdido la batalla contra el cáncer. Sin conocerse, hombres, mujeres, niños, niñas, adolescentes, adultos mayores de diversas parroquias de Caracas se abrazaban y exclamaban entre lágrimas “se nos fue el hombre se nos fue nuestro amado Chávez”.

El pueblo veía llegar a los ministros, ministras, al Hospital y le daban palmadas, los saludaban en medio de sus lágrimas. Se hacía la noche y el pueblo no se movía, seguía hablando de las bondades que había hecho Chávez, de los logros de la Revolución Bolivariana.

Nunca olvidaré las consignas del pueblo en medio de aquel dolor, “Chávez hoy está más vivo que nunca. La Lucha Sigue, Chávez Vive, Carajo”. Lo decían con convicción, con fuerza, con moral.

En aquel acto comprendí que Chávez no aró en el mar, porque aquel pueblo, con su dolor en carne viva, repetía también, y hablaba de la unidad. Recordaban en sus conversaciones que eso era lo que, más que nunca, iba a necesitar Venezuela para que la Revolución Bolivariana siguiera existiendo.

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